Movilizaciones desde adentro

Movilizaciones desde adentro

Inquieta la tendencia de sus mismos actores a minar la institucionalidad.

Por: Editorial
22 de junio 2019 , 10:33 p.m.

Es evidente la tendencia mundial a generar movimientos de opinión por vías distintas a las que hoy brindan los sistemas democráticos. Nuevas causas que convocan militantes valiéndose de tecnologías inexistentes hace apenas diez años; aquellas que se expresan con códigos y lenguajes que dejan perplejos a los tradicionales actores de la política y el poder y son una constante de estos tiempos que corren. Liderazgos como el de la activista ambiental Greta Thunberg, movilizaciones de protesta como la de los ‘chalecos amarillos’ en Francia, causas como la del #MeToo son ejemplos de lo anterior. Son fuerzas que se gestan en los márgenes del establecimiento y logran sacudirlo con mucha frecuencia.

Esta antesala es para llamar la atención sobre lo singular de un fenómeno que viene tomando bríos en el ambiente político colombiano. Se trata de las distintas iniciativas que hoy se asoman y tienen en común refrendar, con un masivo respaldo popular expresado a través de firmas, marchas y eventuales votos, propuestas de cambio estructural para nuestra democracia.

Hasta este punto podría decirse que Colombia es uno más en sumarse al fenómeno de marras. Pero lo que impide incluir el país en ese paquete es que tales propuestas vienen siendo promovidas y lideradas por personas que ocupan cargos de elección popular dentro de instituciones que conforman el sistema que pretenden, en algunos casos, poner patas arriba.

Este hecho amerita una reflexión que puede comenzar por recordar episodios como el de la séptima papeleta, en 1990. Aquella vez, un movimiento de origen estudiantil promovió la inclusión de una pieza de papel adicional a las autorizadas por la Registraduría para las elecciones de marzo de ese año, con el fin de realizar una asamblea nacional constituyente. La movilización tuvo tal impacto que el Gobierno tomó nota y ordenó a la Organización Electoral el conteo oficial de esta papeleta en las elecciones presidenciales de mayo. Fue un esfuerzo que condujo a la realización de una asamblea constituyente en la cual se elaboró la actual carta política.

Pero, de nuevo, hay que resaltar que este movimiento fue de carácter estudiantil, impulsado por personas sin posibilidad de utilizar los canales que entonces ofrecía la democracia para adelantar reformas. Lo contrario de lo que hoy se observa, cuando son congresistas o jefes de partidos legalmente reconocidos quienes menosprecian el actual aparataje democrático para irse en búsqueda de caminos desconocidos y altamente riesgosos.

Es una actitud que alarma, pues termina minando, desde adentro, el carácter representativo de nuestra democracia y, en general, su misma legitimidad. Es un comportamiento que se resume en la fórmula de abrazar las reglas de juego únicamente cuando se logran los objetivos y desdeñarlas cuando emergen como un obstáculo.

Si se trata de aludir a ejemplos concretos, habría que mencionar las firmas que ha comenzado a recolectar un sector de los militantes del Centro Democrático con el objetivo de impulsar un referendo que pretende, entre otros fines, acabar con la Jurisdicción Especial para la Paz, así como el resurgir del mencionado concepto del Estado de opinión como posible norte de esta colectividad. Lista en la cual también tendría que haber espacio para la iniciativa que así mismo, mediante la recolección de rúbricas, promueve el movimiento Defendamos la Paz con el fin, entre otros, de revivir las curules para las víctimas en el Congreso. Y no se puede pasar por alto la fórmula cada vez más usada por sectores de la oposición de convocar protestas en las calles cuando el mismo sistema democrático deja sin piso una de sus iniciativas. No se trata de entrar a evaluar los méritos de cada una de estas causas, algunos seguramente loables, sino la manera como se intentan promover, y reiteramos, por personas que tienen la responsabilidad de honrar las responsabilidades que atañen a los cargos que ocupan.

Como si nuestra democracia no contara con las vías ni las herramientas para reformarse y subsanar sus falencias sin necesidad de esfuerzos que parecieran querer, dicho coloquialmente, patear el tablero. Es muy peligroso no solo despreciarlos, sino apostarles a alternativas que pueden dejar malherido nada menos que su sistema de frenos y contrapesos, que garantiza el balance de los poderes públicos y, por esta vía, que todos los ciudadanos puedan gozar de sus derechos. Esto no descalifica que la ciudadanía se exprese y ambiente desde las calles, si es necesario, cambios a través de los mecanismos que para ello dispone la Constitución. Pero algo va de esto a la moda de apelar a la vía del apoyo de unas supuestas mayorías y así lograr carta blanca para reformular por completo el orden político y social por medios inéditos. Experimentos semejantes, en otras latitudes y otros momentos de la historia, han terminado muy mal.

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