Lo que encarna Bolsonaro

Lo que encarna Bolsonaro

De ganar hoy, la joven democracia brasileña enfrentará su más dura prueba.

Por: Editorial
27 de octubre 2018 , 11:09 p.m.

De no mediar una sorpresa de extraordinarias proporciones, el aspirante por el Partido Social Liberal, Jair Bolsonaro, sería desde esta noche el nuevo presidente electo de Brasil. Al escribirse estas líneas, su ventaja en los sondeos era siempre superior a los diez puntos porcentuales sobre su rival, el exalcalde de São Paulo Fernando Haddad.

La muy posible llegada al poder de este exdiputado y capitán en retiro del ejército, que ganó notoriedad en su país y el mundo con posturas radicales e incendiarias propias de la extrema derecha, tiene al continente en ascuas. Y hay motivos: su férrea aversión a las minorías, su escaso compromiso con el cuidado de la Amazonia y no pocas declaraciones de claros tintes misóginos alimentan el temor. Pero el principal miedo es por el futuro de la joven democracia brasileña si a Planalto llega alguien que, como él, no ha ocultado su simpatía con formas de gobierno totalitarias y sus métodos de control social, como los que conoció y sufrió su país el siglo pasado.

Pero, todo hay que decirlo: si Brasil toma este rumbo, lo haría no como resultado de un golpe de Estado, sino de las decisiones que adopte un gobierno elegido popularmente. Y es en este punto donde debe darse la reflexión. La llegada al poder de líderes con estas tendencias se ha dado por las vías democráticas y en contiendas, en su mayoría –la excepción es Venezuela– libres de cuestionamientos. Expresan el sentir de un sector muchas veces mayoritario. Es un sentimiento de rabia y hastío con el establecimiento. Habrá que evaluar cada país, pero, en el caso de Brasil, puede hablarse de dos factores que sirven para entender el ascenso de una figura como la del aspirante del PSL.

Por un lado están los hechos de corrupción ocurridos durante los gobiernos de Lula da Silva y Dilma Rousseff, ambos mandatarios del Partido de los Trabajadores, ubicado en el otro extremo del espectro ideológico. La malversación de recursos, que tuvo lugar en episodios como los de Petrobras, y el popularmente conocido como Lava Jato crearon un clima de decepción enorme frente a las propuestas de izquierda. Muy atrás en el pasado parece ya el optimismo que invadió al gigante suramericano hace poco más de un lustro, cuando su economía crecía a un ritmo más que satisfactorio y su presidente, Lula, exhibía con enorme orgullo logros como el de haber sacado a alrededor de 30 millones de compatriotas de la pobreza.

Y a este elemento está atado el segundo factor, que es algo paradójico. Se trata del temor de una parte de la naciente clase media a perder el terreno con tanta dificultad ganado. En una economía en recesión y con muy tenues señales de reactivación, el candidato de la derecha lleva las de ganar, tal y como lo han demostrado las señales de los mercados en las últimas semanas.

El reto es mantener estos liderazgos dentro de los cauces de la democracia. Pero a sabiendas de que esta requiere una cirugía urgente que, sobre todo, permita formular futuros promisorios y viables

Incide también la inseguridad que azota los principales centros urbanos del país, situación que ha llevado al actual presidente, Michael Temer, a tener que recurrir al ejército para buscar algo de control y orden en varias favelas de Río de Janeiro. La necesidad de seguridad ha sido hábilmente capitalizada por Bolsonaro con una oferta de mano dura que es aceptada por millones. Qué tanto derive esta respuesta al auge de la criminalidad en una restricción de las libertades individuales a mediano y largo plazo no parece ser un factor que pese en la decisión de voto.

Habrá que examinar así mismo hasta qué punto la avalancha de noticias falsas, transmitidas sobre todo a través de grupos familiares de WhatsApp, ha fortalecido a Bolsonaro y mermado a Haddad. También vale la pena una mención del apoyo de líderes cristianos que el primero recibió en la recta final, seguidos fervorosamente por millones de personas.

Tras lo anterior puede decirse que la muy probable llegada de Bolsonaro al poder genera comprensible ansiedad entre quienes, como es el caso de este diario, consideramos que, con todos sus defectos, la democracia liberal, respetuosa de las minorías y comprometida con la defensa de unos mínimos derechos y libertades, debe prevalecer a falta de un paradigma mejor. Pero su ascenso no es sorpresa. Menos a estas alturas, cuando otros resultados electorales en el planeta –el ‘brexit’, el triunfo de Donald Trump, la misma derrota del ‘Sí’ en nuestro país hace dos años– ya han advertido lo suficiente de la existencia de un sentimiento de agotamiento frente al tipo de orden social que han moldeado las reglas de juego vigentes en buena parte del mundo en las últimas décadas.

Por lo pronto, hay que advertir sobre la necesidad de que las distintas sociedades que hoy se ven abocadas a esta realidad mantengan a estos líderes con impulsos totalitarios, xenófobos y, en suma, contrarios al espíritu democrático, dentro de los cauces de la democracia. Pero a sabiendas de que esta requiere una cirugía urgente que, sobre todo, permita formular futuros promisorios y viables.

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