La verdad de las cifras

La verdad de las cifras

Lo que procede es aceptar que en el territorio nacional vive menos gente de la que se había creído

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
08 de noviembre 2018 , 11:37 p.m.

En un país que desde hace años mira con recelo lo que dicen las estadísticas, es fácil cuestionar totalmente los resultados del censo de 2018. Tal como lo informó el Dane, la estimación parcial es que en Colombia habitan 45,5 millones de personas y no 50 millones, como mostraban las proyecciones oficiales.

Debido a ello, han surgido expertos de última hora para quienes la labor realizada a lo largo de los meses pasados no tiene validez alguna. El ejemplo del conocido que nunca respondió el cuestionario o las denuncias anónimas que aparecen en la radio le dan pie a más de un dirigente para afirmar que el único destino posible del trabajo es el cubo de la basura.

Tales posturas son irresponsables. Sería un error desconocer a la ligera una medición que incorporó avances tecnológicos tales como el uso de un formulario virtual o modernos sistemas de georreferenciación para conseguir una mayor precisión. Quienes saben de estos asuntos sostienen que el salto cualitativo en materia de seguimiento de los encuestadores y auditoría de datos no tiene par.

Lo anterior, claro está, no impide que la ciudadanía haga las preguntas del caso, y el Dane está obligado a responderlas con lujo de detalles. Es clave la conformación de un comité de expertos en el cual participen varios organismos internacionales y cuyo objetivo será analizar la información obtenida y hacer recomendaciones que eventualmente puedan llevar a revisar las cifras conocidas.

Semejante responsabilidad debe adelantarse bajo el principio de construir sobre lo ya edificado, partiendo de la base de que el conteo en el terreno siempre es más confiable que cualquier pronóstico hecho en una oficina. Aquí hay que reconocer que la cobertura geográfica llegó al 99,8 por ciento, todo un hito en un país donde el conflicto interno había sido un impedimento para garantizar el acceso seguro de los recolectores de datos a zonas con problemas de orden público.

Si bien el número final puede variar una vez hablen los técnicos, lo que procede es aceptar que en el territorio nacional vive menos gente de la que se había creído. Ello debería llevar a recalcular una serie de parámetros.

En las clasificaciones internacionales tendremos un ingreso por habitante más elevado, al igual que tasas de analfabetismo o mortalidad diferentes de las actuales. A nivel interno, será necesario revisar la asignación de los presupuestos para diferentes programas según el tamaño de la población objetivo. Un asunto espinoso es el de las transferencias regionales, que deberían ajustarse a la realidad, o el propio tamaño de algunas corporaciones públicas.

Vale la pena operar con base en la fotografía que deja el censo, el cual muestra un país en plena evolución. El salto en la proporción de hogares unipersonales es tan solo un caso entre muchos que comprueban lo que hemos cambiado desde la medición de 2005.

Para el futuro, queda la lección de que el espacio entre un conteo y otro tiene que ser menor. Muchas de las dudas actuales se habrían evitado si el ejercicio se hubiera realizado en 2015. Eso, y el uso de herramientas estadísticas complementarias para afinar las proyecciones periódicamente, forma parte de las enseñanzas que deberían aprenderse.

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