La seguridad en Bogotá

La seguridad en Bogotá

Los episodios de inseguridad en la capital urgen un análisis sereno y medidas eficaces.

Por: Editorial
14 de abril 2019 , 12:16 a.m.

¿Está Bogotá llevada por la inseguridad? Esa pareciera ser la premisa que gobierna el debate público en la capital. La sucesión de acciones criminales divulgadas en los medios recientemente, la sevicia con que se ejecutan muchas de ellas, el incremento del número de atracos en la calle, episodios de sicariato, golpizas a mujeres para despojarlas de sus pertenencias han quedado grabadas en la retina de los bogotanos. Al mismo tiempo, se ha conocido la encuesta de victimización de la Cámara de Comercio de Bogotá, según la cual este indicador se mantiene en 46 por ciento, el hurto de celulares y bicicletas sigue siendo una pesadilla y localidades como Chapinero, Usaquén y Tunjuelito registran un incremento del crimen.

El mismo estudio revela que al menos cuatro de cada diez ciudadanos han sido víctimas de algún tipo de delito, seis de cada diez se sienten inseguros en la ciudad y que, aunque pareciera haber más tranquilidad en el barrio, esa percepción no llega al 50 por ciento entre la gente. El transporte público es el lugar referenciado como el más inseguro.

Pese a lo anterior, hay que decir que la respuesta a la pregunta inicial de si Bogotá está llevada por la inseguridad es un no. O al menos no en las dimensiones en que lo muestran los videos virales, el voz a voz de la gente o las redes sociales, fuentes principales de las cuales se alimentan quienes consideran que el problema está desbordado. Por muy dramáticas que parezcan las cosas, ello no puede llevar a plantear escenarios catastróficos. La situación es más crítica en capitales como Cali, Barranquilla, Medellín o Palmira. A veces se tiende a creer que se trata de un fenómeno netamente capitalino, y ello se ha prestado para que actores políticos, principalmente, se conviertan en aliados de la desinformación.

El principal indicador de seguridad de una ciudad es la salvaguarda de la vida. Y en Bogotá, las cifras son alentadoras. El descenso de los homicidios en la era Peñalosa ha sido de casi 5 puntos: pasó de 17,4 por cada 100.000 habitantes a 12,8, mientras que en Cali es de 46,7; en Cúcuta, de 28,6; en Barranquilla, de 25,3, y en Medellín, de 24,6. El promedio en América Latina y el Caribe es de 22 por cada 100.000. Es un hecho relevante que debe tenerse en cuenta a la hora de hacer análisis sobre el impacto de las políticas de seguridad en la ciudad.

Como no se trata de soslayar el debate, sino de ponerlo en sus justas dimensiones, es importante dar una mirada a las razones que estarían propiciando fenómenos de inseguridad en la capital. Y el primero de ellos obedece a una causa estructural: Bogotá sigue siendo una ciudad desigual, con escasas oportunidades para los jóvenes y receptora de migrantes que constituyen, hoy por hoy, un desafío para los entornos urbanos de todo el mundo. En segundo lugar está el asentamiento de organizaciones criminales procedentes de otras ciudades, empresas transnacionales del crimen –como la llamada mafia de ‘los Rolex’ o la del hurto de bicicletas y celulares–. Hay, así mismo, un fenómeno de trata de personas, episodios de ajuste de cuentas y un empoderamiento de bandas del narcotráfico que controlan el negocio en sus distintas modalidades.

A todo esto hay que añadir el aumento del número de personas extranjeras involucradas en acciones delictivas, incluido el homicidio, lo cual reclama un análisis profundo y urgente. El comandante de la Policía de Bogotá, general Hoover Penilla, lo advirtió esta semana en EL TIEMPO: en el primer trimestre de este año, las capturas de individuos provenientes de otros países creció un 300 por ciento frente al mismo período del año pasado. Mal contados, estamos hablando de 1.300 sujetos que venían azotando la capital.

El debate sobre la inseguridad no puede reducirse a lo que muestran las imágenes de TV o exponen las redes. Ello no da espacio a los argumentos y, en cambio, aumenta la incertidumbre y alimenta la confusión. La seguridad también tiene que ver con la manera como se comporta la sociedad, como resuelve sus conflictos, aplica justicia y garantiza la transparencia de sus autoridades. La gente desconfía de la Policía, por ejemplo; esa es una verdad de a puño que debe ser atendida.

Bogotá tiene índices aceptables en cobertura educativa y servicios básicos, ha alcanzado niveles de satisfacción en recreación y cultura –lo reconocen los ciudadanos–, pero ha carecido de una estrategia integral y preventiva para golpear el foco de la violencia derivada de riñas, intolerancia, consumo de drogas y alcohol. Esfuerzos ha habido: la reducción de jóvenes en el mundo del delito, menos embarazos adolescentes y una tasa de homicidios a la baja. Pero, como advierte el BID, el esfuerzo en la prevención, la aplicación de justicia y la rehabilitación social son determinantes si se quieren reducir los márgenes de una percepción que solo avizora el caos.

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