La parábola de Belisario

La parábola de Belisario

Para el exmandatario era claro que el destino del país no podía seguir atado a la violencia política

Por: EDITORIAL
07 de diciembre 2018 , 08:34 p.m.

El expresidente Belisario Betancur Cuartas, quien falleció ayer, deja una historia importante para Colombia. Fue, sobre todo, un hombre benévolo, fascinado por la cultura de todos los tiempos y fiel a sí mismo. Si fue clara su originalidad en las primeras estaciones de su carrera política –en su educación antioqueña desde la escuela de su natal Amagá hasta la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, en sus tumultuosos años de diputado y en sus primeras apariciones en el Congreso en los años cincuenta–, fue todavía más evidente su particular manera de lidiar con las noticias colombianas, siempre benigna, en sus pacíficas y ejemplares décadas como exmandatario de la república.

Ningún otro presidente de Colombia fue llamado por su nombre de pila hasta el final. Belisario siempre estuvo ahí: fue testigo de la Regeneración conservadora, empezó su carrera en los últimos años de la Hegemonía Liberal, participó en el Congreso que no pudo conjurar la Violencia bipartidista, defendió la presidencia constitucional desde su curul en la Asamblea Nacional Constituyente convocada durante la dictadura; trabajó hombro a hombro, como ministro, embajador e investigador, con los gobiernos del Frente Nacional, y después se convirtió en un candidato presidencial que, luego de dos intentos –en el 70 y el 78–, consiguió llegar a la presidencia en 1982 con el propósito explícito de izar la bandera de la paz. Porque fue un hombre de paz.

Era un defensor de la paz. La firma del acuerdo con las Farc en 2016 fue, de algún modo, una reivindicación de su vida política

Belisario había visto a lo largo de su carrera, a fin de cuentas, cómo iban creciendo sin pausa fenómenos como las guerrillas o las bandas de traficantes, y tenía claro que el destino del país no podía seguir atado a la violencia política: a la idea perversa de que para sobreaguar en la sociedad colombiana es necesario acudir a las armas. Él dedicó todas las fuerzas de su presidencia a la búsqueda de un acuerdo de paz con las guerrillas: con las Farc, el Epl, el Eln, el M-19. Sin duda, fue un ser generoso en su aspiración a la convivencia. Y protagonizó una de las más dolorosas comprobaciones de que nuestra cultura estaba signada por la desconfianza y la crueldad.

Tuvo ante sí grandes desafíos. El fin de su gobierno estuvo marcado por la tragedia del Palacio de Justicia y la terrible avalancha de Armero. A pesar de haber aceptado su responsabilidad en el desenlace de la toma protagonizada por el M-19, lo que sucedió aquel 6 de noviembre en la Casa de Nariño nunca quedó del todo claro. El resto de su vida –siempre a salvo dentro de su amorosa familia– fue una confirmación de su talante democrático, de su vocación a llamar a Colombia a la paz, al entendimiento.
Belisario Betancur fue el último de una tradición de políticos escritores que llegaron a la conclusión de que por encima de todo estaba la dignidad humana. A partir de 1986, luego de su presidencia, no solo cumplió a la perfección el rol de mecenas de la cultura y miembro honorario del boom latinoamericano, sino que se convirtió en un referente y un apoyo de sus sucesores. La firma de la paz con las Farc en 2016 fue, de algún modo, una reivindicación de su vida política.

Su triste muerte, a los 95 años, obligará a Colombia a releer la parábola de su vida. Y a concluir, desde hoy, que su lección fue obrar a favor del país, sin asomo de sectarismos.

editorial@eltiempo.com

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