La estrella del norte

La estrella del norte

Colombia debe cuidar la relación con Estados Unidos y pensar muy bien cada paso.

Por: Editorial
28 de junio 2020 , 12:31 a.m.

Un inamovible de la política exterior colombiana desde comienzos del siglo pasado ha sido salvaguardar la buena relación binacional con Estados Unidos. Desde que Marco Fidel Suárez planteó para la política exterior la doctrina ‘respice polum’ (‘Mirar hacia el norte’) en 1918, hemos sido un aliado de primer orden del país del norte en el continente, con la excepción –y con matices– de la administración de Ernesto Samper.

Es un hecho que, por lo menos en lo que a las últimas dos décadas concierne, ambos Estados han construido un vínculo robusto y estable que ha trascendido el tema del narcotráfico, facilitando una cooperación valiosa en otros terrenos. El gran mérito de la política exterior colombiana en este frente ha sido el enfoque bipartidista, que ha permitido que el vínculo no se vea afectado por las cada vez más tirantes relaciones entre demócratas y republicanos. Tal y como están las cosas en el planeta y en la región, es deseable que este estado de cosas se mantenga. No es momento para cirugías de fondo.

Un difícil momento que no solo obedece a la pandemia del covid-19. El informe anual de organizaciones terroristas, presentado esta semana por el Departamento de Estado, puso el dedo en la llaga de un problema gravísimo para la seguridad nacional: la facilidad con la que el Eln se mueve en Venezuela y su involucramiento cada vez más profundo en economías ilegales como el narcotráfico y la minería ilegal. Las mismas de las que sacan provecho Maduro y sus alfiles, según la información en poder del Departamento de Justicia, que motivó la reciente decisión de ponerle precio a la cabeza del dictador y de su círculo más cercano. Esta situación representa para Bogotá y Washington una amenaza común que obliga a afrontarla mediante un trabajo en equipo entre ambos gobiernos.

Hasta aquí todo parece sencillo, las aguas en las que se mueve la relación binacional parecerían calmadas, asegurando velocidad de crucero con rumbo claro. Pero lo cierto es que asoman inquietantes tormentas. Estas se deben a la situación que hoy vive el presidente de este país, Donald Trump, que es compleja. Su popularidad está en mínimos históricos a falta de apenas cuatro meses para la cita en las urnas que definirá si permanece cuatro años más en la Casa Blanca. El actual presidente ha sido muy cuestionado, y con razón, por el manejo que le ha dado a la pandemia. No menos relevantes son las protestas como respuesta a sus provocadoras posturas frente a un asunto tan sensible y urgente como lo es el de enfrentar la realidad de un racismo que sigue latente en diversas esferas de su sociedad. A su vez, expertos avizoran que la economía se contraerá en cinco puntos porcentuales al terminar el año. Para rematar, dos libros le quitan el sueño: el de su exasesor de seguridad nacional, John Bolton, con escandalosas revelaciones sobre cómo Trump habría tomado múltiples decisiones en materia de política exterior, en función únicamente de su reelección, y el de su sobrina, Mary Trump, aún en ciernes, que revela de forma crítica episodios turbulentos de su infancia y juventud.

Volátil e impredecible como es el mandatario, es evidente que ante un panorama así, cualquier cosa puede suceder, incluso que tome decisiones en las que prime su supervivencia política, así estas vayan en abierta contravía de la política exterior de su país y de los intereses de sus más cercanos aliados. El anuncio de esta semana, luego matizado y moderado, de que estaría dispuesto a un cara a cara con Nicolás Maduro es una señal, que no puede caer en saco roto, de hasta dónde el jefe de Estado norteamericano es capaz de llegar con tal de conquistar electores.

Incluso es factible que Trump tome decisiones en las que prime su supervivencia política, así estas vayan en abierta contravía de la política exterior de su país y de los intereses de sus aliados

Así las cosas, el factor Trump genera preocupaciones y, sobre todo, retos enormes para Colombia. Es una tarea ardua, dicho coloquialmente, seguirle el paso por lo imprevisible de sus ires y venires. Para ser concretos: Colombia tendrá la compleja misión de mantener los buenos términos de la relación, sin que esto suponga tomar decisiones definitivas que en el corto plazo agraden a Washington pero que en el mediano y largo plazo pongan al país en una seria encrucijada. La determinación, apresurada, de respaldar a Mauricio Claver-Carone, candidato de Trump para la presidencia del Banco Interamericano de Desarrollo (una movida inédita, pues se trata de un cargo que ha estado reservado históricamente para Latinoamérica) es un buen ejemplo de acciones que merecen un análisis previo más profundo. Lo mismo ocurre –sobre todo tras conocerse, gracias al libro de Bolton, cómo ve la Casa Blanca a Juan Guaidó– con las nuevas determinaciones que se tomen frente al régimen de Nicolás Maduro.

En un contexto habitual, cuando se está en medio de la tempestad, poder ver las estrellas ayuda a la orientación. En este caso, está claro que por cuenta de Donald Trump el brillo de la del norte debe observarse con un lente diferente.

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