La docencia en la tormenta

La docencia en la tormenta

La manera como los maestros han afrontado la pandemia da razones para la esperanza.

Por: Editorial
17 de mayo 2020 , 12:44 a. m.

Lo habitual es que el Día del Maestro –como el que se celebró en el país el jueves pasado– sea una fecha para reconocer la labor de los y las docentes, en un marco de alegría y festejo. Y si bien en esta ocasión no faltaron estos dos elementos, la compleja situación que vive el planeta por causa de la actual pandemia hizo que la jornada fuera también –y sobre todo– de reflexión en torno a lo que hoy significa este rol en la sociedad y lo que se avizora para el futuro.

Y es que si bien la pandemia ha transformado la vida de la mayoría de las personas, hay oficios en los que el cambio ha sido más drástico y con más proyección hacia el futuro. Así ocurre con la docencia. Hoy se ve lejano volver a desarrollar las actividades académicas en todos los niveles en un marco de normalidad. Es decir, con estudiantes en salones, laboratorios o cualquiera sea el espacio, uno cerca de otro, pero también con entornos informales de socialización como las cafeterías o los pasillos de los centros educativos.

De la manera más abrupta e inesperada, este oficio se vio cara a cara con un cambio de colosales dimensiones que bien merece el calificativo de brutal. Tan enorme es que hoy, dos meses después, todavía no es posible dimensionarlo del todo ni mucho menos tener claridad sobre la totalidad de sus implicaciones en el futuro. Tormenta que ya se siente y cuyos efectos negativos se perciben ya a todo nivel. En las finanzas de las instituciones privadas (jardines infantiles, colegios, universidades), en la confusión e incertidumbre a la hora de tomar un rumbo en materia académica con preguntas como ¿qué hacer con una pedagogía y unas herramientas diseñadas para un mundo que no se sabe cómo será? Si nadie sabe a ciencia cierta cuál será el escenario poscovid-19, ¿cómo emprender proyectos educativos en este mar de incertidumbre? Por último, pero no menos importante, hay que registrar cómo los vientos huracanados se sienten también en lo que tiene que ver con la salud mental y emocional de niños, jóvenes y, por supuesto, profesores y profesoras.

Por lo pronto, y con motivo de su día, es más que necesario un reconocimiento a todos los maestros y maestras que en Colombia han tenido que capotear con enorme entrega, coraje, compromiso y pasión la inesperada coyuntura.

Ninguno la ha tenido fácil. Abundan las historias inspiradoras de quijotes que se las han arreglado para seguir adelante con su tarea: desde aquellos que lograron, a través de donaciones, dotar a todos sus alumnos de dispositivos hasta los que han optado –asumiendo un gran riesgo– por ir hasta la puerta de cada uno de sus alumnos a llevar y recoger sus tareas del día. Otros han hecho verdadera magia con servicios de mensajería instantánea que en principio no son ni mucho menos idóneos para la labor docente. Y así como muchos padres se han convertido también en docentes, muchos profes que han conservado el contacto a distancia con sus pupilos se han visto cara a cara con las complicaciones en su salud mental derivadas del encierro, como ya lo mencionábamos. Esto los ha llevado también a desempeñar papeles de acompañamiento emocional a los que no estaban acostumbrados y para los que, en la mayoría de los casos, no están capacitados. Aun así, lo hacen movidos por la mística que impulsa su vocación.

Es más que necesario un reconocimiento a todos los maestros y maestras que en Colombia han tenido que capotear con enorme entrega, coraje, compromiso y pasión la inesperada coyuntura

Es una tarea, reiteramos, particularmente difícil en un país en el que, según un estudio de la Universidad Javeriana, más del 50 por ciento de los jóvenes que cursan grado 11 no cuentan con un computador ni con acceso a internet en sus casas. La cifra para la totalidad de alumnos de los colegios públicos aumenta a 67 por ciento. En zonas rurales, por su parte, la cobertura de las redes de 4G, fundamentales para la educación virtual, no alcanza el 10 por ciento del territorio, mientras que solo un nueve por ciento de los alumnos cuentan con un dispositivo en sus casas que les permita conectarse con esta alternativa de pedagogía. Y aun en las ciudades, en sectores de ingresos medios, e incluso altos, la situación es difícil. Conexiones de banda ancha colapsan cuando varios en el hogar las utilizan para videoconferencias. Y a todo esto hay que sumar los viejos lastres que no por estar en cuarentena disminuyen su peso, y tienen que ver con las carencias estructurales de nuestro sistema educativo a todos los niveles.

Pero, así como sucede en otros campos, también en la educación los diagnósticos en tono fatalista comparten espacio con miradas esperanzadoras que prefieren ver esta crisis como una inigualable oportunidad de cambio. En medio de la incertidumbre y con la única certeza de que la labor docente ya no será igual, ver la manera como tantos profes han podido adaptarse a las carreras y con éxito a las nuevas reglas de juego alimenta la esperanza de que esta dura vivencia puede dejarnos una nueva y mejor educación en sintonía con un mundo que será irremediablemente nuevo.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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