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La cepa del mal

La cepa del mal

Corresponde superar página de Escobar y, como honra a sus víctimas, redoblar lucha contra flagelo.

Para los colombianos, hablar de Pablo Escobar Gaviria, muerto el 2 de diciembre de 1993, a los 44 años, significa referirse a una época de terrorismo, de muerte y de mucha sangre inocente que humedeció nuestro suelo por casi una década, en los años 80 y 90. Por algo se lo conoce con el triste mote del ‘patrón del mal'.

Fue seguramente el personaje más siniestro y despiadado que haya nacido en esta patria. “Ha sido tal vez el capítulo más tenebroso de nuestra historia. Una mente brutalmente criminal, apoyada en una fortuna sin límites, en una inteligencia diabólica y una total falta de escrúpulos, desafió durante una década todas las fuerzas colombianas del Estado...”, le dijo a este diario el expresidente César Gaviria –quien como mandatario lo padeció y lo combatió–, dentro de la completa crónica ‘Escobar: la macabra página que Colombia quiere superar’, publicada este domingo.

Este hombre, tan malvado como ambicioso, fue el fundador de los carteles del narco, que son máquinas de muerte. Junto con otros tenebrosos capos, para defenderse de la extradición y escudado en el ‘preferimos una tumba en Colombia que una cárcel en Estados Unidos’, Escobar desató un infierno con más de un centenar de atentados con bombas que programaba donde más dolor causaran. En centros comerciales el día de la madre, con la gente de compras, se le ocurrió al malvado. O hacer explotar un avión de Avianca en vuelo, donde murieron 111 seres laboriosos y llenos de ilusiones. O lanzar un bus sin frenos, como él mismo lo estaba, lleno de explosivos contra la sede del DAS, donde murieron 66 personas y dejó centenares de heridos.

En esa demencia pagaron con sus vidas o con la pérdida de libertades personas valerosas y valiosas. Es el caso de evocar con admiración a Luis Carlos Galán, a Guillermo Cano (director de 'El Espectador'), a Diana Turbay, a los demás periodistas que cayeron o fueron secuestrados, como Francisco Santos, Maruja Pachón, Azucena Liévano, entre otros, o al ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla... Una lista interminable de miembros de la justicia, el Ejército, el periodismo, miles de gentes del común, así como centenares de policías, cuyas vidas en la libreta del infame personaje costaban entre uno y dos millones de pesos cada una.

La guerra contra el narcotráfico tiene que ser una misión de todos, pues está de por medio el futuro de la sociedad

El capo –cuya vida fue llevada al cine, a la televisión y a la literatura, en límites de la inmerecida e injusta mitificación– sembró la cepa de un cáncer que ha traído demasiado daño a Colombia en vidas, en pérdida de moral, en desprestigio internacional, en una desafiante moda traqueta y en daños ecológicos. Veinticinco años después, los cultivos ilícitos y el narcotráfico siguen generando violencia y siendo fuente principal de corrupción.

Lo que corresponde es superar la página de Escobar y, en cambio, como honra a las vidas perdidas y deber estatal y moral, redoblar la lucha contra el flagelo. Y, así mismo, reforzar la institucionalidad y velar para que la impunidad no haga más doloroso el recuerdo de las víctimas. Colombia ha sufrido largamente, como arduamente ha bregado ante el crimen, a costa de muchas vidas, y más temprano que tarde tendremos que someter el flagelo. Esta tiene que ser una misión de todos, pues está de por medio el futuro de la sociedad.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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