Intolerancia que mata

Intolerancia que mata

Reacciones airadas y desproporcionadas ante cualquier provocación están dejando huellas imborrables.

Por: Editorial
02 de junio 2019 , 09:55 p.m.

Nadie escapa a una acción de intolerancia. A lo largo de la historia, su manifestación se ha dado en todos los campos: el religioso, el económico, el político. El auge del mundo urbano y la construcción de una sociedad cada vez más diversa han hecho que esta conducta, sin embargo, adquiera ribetes casi patológicos, fruto de un constante estado de frustración, ira y desencuentro con el otro. El ritmo de la ciudad, el sinnúmero de conflictos que se derivan de su constante ebullición tienden a hacer de las personas sujetos en permanente estado de prevención. Una mirada, una imprudencia, un reclamo, un insulto, un llamado de atención o una acción premeditada son suficiente motivo para responder de forma violenta.

Por eso resulta aleccionadora la serie de crónicas que este diario viene publicando sobre hechos de intolerancia en Bogotá y que bien podrían estar derivando en las más de 140.000 riñas que han tenido lugar en lo corrido del año. Y, aunque las autoridades tienden a minimizar el problema, cabe señalar que buena parte de las normas que hoy contempla el Código de Policía están inspiradas, precisamente, en el comportamiento errático de los individuos a la hora de resolver sus conflictos.

A decir de los expertos, todos somos de una u otra manera intolerantes. La irritabilidad ante cualquier cosa que riña con nuestra forma de pensar o actuar bien puede llevarnos a reaccionar de distintas maneras. Y es ahí donde se quiere llamar la atención, pues así como hay quienes asumen el control de la situación, otros optan por el camino de la agresión física y verbal, con consecuencias impredecibles. Como decía uno de los psiquiatras consultados, muchas veces se pierde la razón, y es cuando un acto de intolerancia, fruto, entre otros motivos, del consumo irresponsable de alcohol o de sustancias alucinógenas, termina en tragedia. Según la Secretaría de Seguridad, buena parte de los homicidios y las lesiones personales ocurridas en Bogotá tienen ese origen.

Los dos conductores que se lían a puños por un incidente menor o el habitante de la calle que asesina a un recolector de basuras porque no le entregó una bolsa, o el energúmeno que mata a su hermano por una chaqueta son síntomas de una sociedad enfrascada en un grave problema de convivencia que debe ser atendido sin pausa. Las casas de justicia, los jueces de paz o convocatorias como la reciente ‘conciliatón’ que tuvo lugar en la capital son escenarios ideales para zanjar diferencias y propiciar el diálogo por encima de la acción unilateral. Es en estos espacios donde se pueden desactivar los síntomas del odio, la venganza o el deseo de infligir daño hacia quien a veces ni siquiera conocemos.

Pero se requiere además toda una estrategia de cultura y educación para aprender a convivir en un entorno cada vez más asediado por las circunstancias que impone el actual orden urbano: el activismo social, los nuevos actores viales, el fenómeno migratorio. Si no se consigue que la tolerancia sea la base que rija cualquier discusión, desde un altercado en la calle hasta un debate político, difícilmente se podrá reclamar éxito en otros frentes que garanticen la vida en comunidad.

EDITORIAL
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