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Hora de escuchar

Hora de escuchar

Ante la difícil situación que vive el país, hace bien el Presidente en convocar un diálogo nacional.

La decisión del presidente Iván Duque de dar inicio a una gran conversación nacional, como respuesta a las distintas expresiones pacíficas de inconformidad de un sector significativo de la población, es un paso en la dirección correcta. Atiende así un pedido que desde distintas orillas, incluida esta, se le había hecho de forma reiterada en los últimos días.

Cuanto antes debe darse este encuentro entre el jefe del Ejecutivo y las distintas voces que esta semana –y en particular el jueves en una serie de marchas multitudinarias y, horas más tarde, recurriendo al golpeteo de cacerolas– dejaron claro su mensaje de insatisfacción respecto al rumbo actual del país. No sobra resaltar no solo el número de personas que se involucraron en estas expresiones, sino su origen socioeconómico diverso. Ahora bien, no se puede perder de vista que existe otro sector de la población que en su momento respaldó a Iván Duque en las urnas, que también es considerable y que no se ha sumado a las protestas.

Lo cierto es que el diálogo que habrá de venir es una tarea que no está exenta de dificultades que emanan de una coyuntura tan particular como esta. Y es que a diferencia de otras jornadas de este mismo talante, no existe ni un liderazgo claro ni unas reivindicaciones puntuales en la contraparte. Es evidente que el sonido de los utensilios de cocina expresa inconformismo, inconformismo válido, pero es una manifestación que no va acompañada de una narrativa que pueda ser llevada a un escenario de diálogo para, a partir de esta, iniciar la búsqueda de consensos. Por eso la insistencia en lo vital que resulta que el Gobierno pueda hacer la lectura más precisa y aguda posible de lo que mueve a los protestantes para poder alcanzar puntos de encuentro.

Es el momento para que el Presidente ejerza un liderazgo claro que consiga unir al país en torno a la tarea de revisar con serenidad lo logrado hasta ahora como sociedad –que no es poco y que de ninguna manera puede demeritarse– para encontrar la forma de hacer los ajustes que sean necesarios, en aras de alcanzar un mejor nivel de vida para más colombianos.

Dicho lo anterior, hay que señalar que al tiempo con las mencionadas movilizaciones caracterizadas, reiteramos, por la emotividad, la diversidad y la creatividad, se registraron muy serios hechos violentos. En Bogotá, Cali y algunos municipios de Cundinamarca se produjeron casos de vandalismo, daños indiscriminados y saqueos a establecimientos comerciales que revisten la mayor gravedad. La noche del viernes fue especialmente angustiosa para miles de bogotanos que, a pesar del toque de queda, en distintos puntos de la ciudad pasaron la noche en vela ante versiones de asedio de saqueadores. Algunas de estas con asidero, pero otras tantas infundadas, como lo reiteró el alcalde, Enrique Peñalosa. Son dos realidades, cada una con sus respectivas implicaciones.

Es momento para que el mandatario ejerza un liderazgo claro que logre unir al país en torno a la tarea de revisar con serenidad lo logrado hasta ahora como sociedad para hacer los ajustes necesarios

La de la violencia, pone a prueba la capacidad de respuesta de los organismos de seguridad de una manera singular, con escasos antecedentes recientes. Desde el Gobierno, y también expertos, han denunciado un actuar coordinado de quienes en Bogotá bloquearon portales de TransMilenio, irrumpieron para robar mercancía en comercios y destruyeron estaciones, así como de quienes en Cali, el jueves, llevaron a cabo saqueos. En esta ciudad, ese día, se dieron oleadas de llamadas simultáneas a la Policía con falsas denuncias que incidieron negativamente en su capacidad operativa. Urge, en este sentido, reforzar, como lo anunció el Presidente, el trabajo de inteligencia para establecer prontamente y con suficiente certeza quiénes, con qué fines y de qué manera están detrás de estos actos vandálicos que bordean el terrorismo. Se ha dicho incluso que se trata de jóvenes que estarían recibiendo dinero a cambio de involucrarse en estos sabotajes.

En el mismo sentido, quedan interrogantes abiertos sobre hasta qué punto era posible prever, de nuevo, desde los encargados de la inteligencia, que este tipo de desmanes iban a ocurrir. Respuestas que son tan necesarias como una abierta y franca disposición por parte de la Policía para esclarecer las diferentes denuncias recopiladas y documentadas sobre abusos y agresiones a civiles y periodistas por parte de sus hombres. Una situación compleja que arrastra, así mismo, otros riesgos. Por ejemplo: el de que por la vía de la circulación de noticias falsas en las redes sociales se alimenten peligrosos y muy censurables brotes de xenofobia.

Hay que ser claros, en suma, en que de cara al complejo momento que hoy vive el país, no puede haber camino distinto al del encuentro para generar confianza. Capital social. Superar las etiquetas y los prejuicios para que sea posible un diálogo sincero, transparente, que permita avanzar. Así debe ser entre el Gobierno y los que protestan, pero también entre ciudadanos con visiones diferentes del orden social. Urge fomentar el sentarse frente a frente con sincera disposición de escucha.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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