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Guerra de nervios

Guerra de nervios

El mundo es testigo de un pulso que es más viejo y más complejo de lo que se alcanza a contar.

El mundo siempre está en suspenso, pero de tanto en tanto se agrava. Cuando una nación acusa a otra de estar detrás de un ataque terrorista, como ha acusado Israel a Irán por la acción de un dron suicida contra un buque israelí que pasaba frente a las costas de Omán, se reviven los peores momentos que abrieron paso a las peores guerras del siglo XX y el XXI. En el ataque al petrolero Mercer Street, en medio de lo que se ha llamado “una guerra naval oculta”, perdieron la vida un par de tripulantes. Y pronto los dos gobiernos involucrados se estaban enviando avisos terminantes. Y los ciudadanos del mundo eran testigos, una vez más, de un pulso que es más viejo y más complejo de lo que se alcanza a contar.

El canciller israelí, Yair Lapid, se aseguró de transmitirle al mundo entero que luego de semejante atentado, que reaviva la guerra secreta que se ha vuelto evidente, no queda más que “una respuesta contundente” a un país que “no solo es un problema de Israel, sino un exportador de terrorismo e inestabilidad que nos perjudica a todos”.

Las autoridades de Teherán, que en los últimos tiempos han denunciado ataques en contra de sus propios buques, no solo calificaron de “infundadas” las acusaciones del ministro de Israel, sino que advirtieron que responderán sin titubeos a cualquier amenaza contra su seguridad. Queda la sensación de que juegan con fuego.

Tanto Inglaterra como Estados Unidos, que dicen estar convencidos de que Irán está detrás del ataque, se han puesto ya del lado de Israel. Y lo que viene es toda una prueba para el nuevo presidente iraní, Ebrahim Raisi, que fue elegido con el 62 por ciento de los votos, se posesiona hoy martes 3 de agosto y ha sido llamado el “más extremista que ha tenido Irán”. Más allá de las altisonantes declaraciones de ambas naciones, una guerra de nervios entre una guerra naval que tendría que parar, es claro que ni aquella región ni este mundo tienen por qué acostumbrarse a vivir en vilo.

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