Graves indicios

Graves indicios

El Ejército debe trabajar junto con los entes de control y la Fiscalía para aclarar las denuncias.

Por: EDITORIAL 
09 de julio 2019 , 07:57 p.m.

Las decisiones tomadas ayer por el ministro de Defensa, Guillermo Botero, respecto a los generales vinculados con posibles hechos de corrupción, que puso al descubierto la revista Semana, deben ser apenas un punto de partida.

El llamado a calificar servicios al general Jorge Romero, el inmediato traslado del general Eduardo Quirós y la solicitud de vacaciones aceptada al también general Adelmo Orlando Fajardo, mientras prepara su defensa, son determinaciones que reflejan una voluntad del Ejecutivo de afrontar este grave asunto. Esta es una buena noticia que se suma a lo dicho por el ministro Botero sobre su disposición para colaborar en las investigaciones que ya adelantan la Procuraduría y la Fiscalía.

Y es que en una coyuntura como la actual, en la que la percepción de corrupción por parte de la gente crece día a día conforme se destapan ollas podridas, el Ejército y, en general, la Fuerza Pública han logrado conservar una imagen positiva alta, superior a la de la mayoría de las instituciones. Por eso, de confirmarse lo denunciado ante los entes de control y los estrados judiciales, estaríamos ante un durísimo golpe para una institución en la que abundan los hombres y mujeres de comportamiento intachable y ejemplar.

El interrogante para aclarar, cuanto antes, es el de las dimensiones y el alcance de un flagelo que ya ha mostrado varios síntomas

Hay que hacer memoria y plantear que estas situaciones anómalas se suman a otras similares, como la que hizo este diario en abril del año pasado sobre manejos poco claros de los recursos de la agencia logística del Ejército. Hay indicios de males con raíces profundas, esos que derivan en comportamientos sistemáticos. La pregunta que debe resolverse cuanto antes es por las dimensiones y el alcance de un flagelo que ya ha mostrado varios síntomas. A esto tienen que apuntar las indagaciones en curso. Este debe ser el punto de llegada.

Para enfrentar los múltiples desafíos que tiene por delante el país en materia de seguridad y orden público se requiere un Ejército que sea no solo eficaz y debidamente preparado, sino también que goce de cohesión dentro de sus filas. Que la autoridad que ejerce se alimente de un actuar a nivel interno ejemplar, libre de cuestionamientos éticos. En estos dos sentidos, los hallazgos periodísticos prenden las alarmas, pues no solo sugieren hechos concretos de corrupción, algunos particularmente graves, como el del presunto mercado negro de salvoconductos para porte de armas, sino que también indican un ambiente de marcada tensión y discordia dentro de las filas. Esto debe preocupar tanto como las posibles conductas contrarias a la ley. El compromiso con la transparencia tiene que refrendarse con actos, no solo con palabras. Frente a indicios de anomalías, la respuesta no puede ir por la vía de la solidaridad de gremio o, peor, las cacerías de brujas.

Es verdad que la gran mayoría de los ciudadanos profesa respeto y expresa agradecimiento a una institución responsable de la tranquilidad de los hogares, pero que quede claro que este sentimiento, que se traduce en confianza, es un activo valiosísimo que debe cuidarse como el más preciado de los bienes. No puede asumirse como patente de corso para relajar a extremos a veces escandalosos los márgenes éticos.

editorial@eltiempo.com

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