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Extinguir los elefantes

Extinguir los elefantes

Anuncio del Contralor de actuar ante obras inconclusas es alentador. Ahora debe pasar a los hechos.

Los llamados elefantes blancos están tan presentes en la historia del país, sobre todo la reciente, y se ven algunos casos sencillamente delirantes, que se corre el riesgo de quedarse con lo cómico o anecdótico que puedan tener y pasar por alto el gravísimo perjuicio que causan a las finanzas públicas y a la confianza de la gente en las instituciones.

Velódromos, coliseos, estadios, piscinas de olas, pero también colegios, carreteras y hospitales se encuentran entre las obras que en décadas recientes se han quedado sin terminar en el país. Estas, puede decirse, acaban cumpliendo una sola función: debilitar la credibilidad de lo público. Con íconos tan poderosos instalados físicamente en lugares muy visibles y, simbólicamente, en el imaginario común de la ciudadanía, se hace muy difícil la tarea de invitar a la gente a cumplir con sus obligaciones tributarias, con la premisa de que esto traerá mejoras en su calidad de vida gracias a las obras de infraestructura.

Aunque no se puede generalizar y son incontables también los casos de obras para beneficio de las comunidades que se han adelantado sin contratiempo y hoy cumplen con su cometido, desafortunadamente los fracasos suelen ser más visibles y tienen, además, la facilidad de derivar en lugar común del humor y la sabiduría popular.

Lo anterior para darle un contexto al anuncio del contralor general, Carlos Felipe Córdoba, dicho también coloquialmente, de meterle el diente al tema de estos infames paquidermos.

Nada debilita
más la confianza
de la gente en las
instituciones
que el tener que
cruzarse a diario
con uno de
estos infames
paquidermos

En declaraciones a este diario, el funcionario aportó cifras escalofriantes: son cerca de 1.779 infraestructuras que ya son elefantes blancos –900–, o que amenazan convertirse en uno. El total de recursos comprometidos es de 24,5 billones de pesos.

Lo anunciado por Córdoba es, cuando menos, esperanzador. Está la voluntad y están las herramientas, gracias a la ley 2020 de 2020, en virtud de la cual es deber de los mandatarios regionales recuperar e intervenir los proyectos empantanados. Para el Contralor es clave que, además de la sanción que corresponda, la obra pueda concluirse. Cita el triste ejemplo del estadio Guillermo Plazas Alcid, en Neiva, cuya ampliación terminó incluso en tragedia –cuatro obreros murieron cuando colapsó la obra– y que hoy permanece en ruinas. En este caso, como en tantos otros, lo que procede, y en esto hace bien el funcionario, es sancionar a los contratistas, establecer si hay responsabilidad de otro tipo y garantizar que la obra sea una realidad para el bienestar de la gente.

Así pues, hay que aplaudir que un asunto tan neurálgico en la construcción de confianza entre la ciudadanía y el Estado sea una preocupación de primer orden de un organismo de control, más en estos momentos en los que surge como inaplazable fortalecer dichos lazos. Y para esto, el adagio de ‘obras son amores...’ tiene validez doble aquí: en relación con las obras físicas que necesitan destrabarse, pero también en relación con lo que puedan obrar los entes de control para sentar precedentes, detectar las raíces de este mal, actuar sobre ellas y lograr lo que todos queremos: que los elefantes blancos pasen de los titulares noticiosos a los libros de historia. Son bienes que la sociedad necesita.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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