Estallido en Chile

Estallido en Chile

El país austral vive un panorama caótico que no encaja en la narrativa que se había consolidado.

Por: EDITORIAL
21 de octubre 2019 , 07:41 p. m.

A juicio de algunos, la irrupción de las protestas violentas que han tenido lugar en Chile en los últimos días fue tan sorpresiva como el choque de un barco contra un iceberg. Para otros, en cambio, se trataba de algo previsible, toda vez que ya sabían no solo de la existencia de dicho cuerpo, sino de su ubicación, justo en la trayectoria de la embarcación. Era, en resumidas cuentas, cuestión de tiempo la colisión. Son los mismos que han usado justamente la imagen de un cuerpo de hielo para expresar, en redes sociales, que el asunto del aumento de las tarifas del metro de Santiago es solo uno entre un cúmulo de problemas.

Lo cierto es que el país austral vive hoy los días más tensos desde el regreso de la democracia, a comienzos de la década de 1990. En una intervención que muchos criticaron por los terrenos a los que llevó la situación, el presidente Sebastián Piñera habló de una guerra. Guerra o no, ya son once los muertos y más de 1.500 los detenidos durante los disturbios. El estado de emergencia decretado por Piñera, que les confiere el control absoluto de la emergencia a los militares, dio pie a hechos que echaron sal en heridas todavía abiertas, causadas durante la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990).

Y es que al tiempo con protestas pacíficas, que las ha habido, y con una participación caracterizada por la diversidad, se han dado otras, marcadas por los saqueos de comercios y los incendios: por lo menos cuatro estaciones del metro capitalino quedaron fuera de servicio por los graves daños sufridos. En un acto a todas luces inaceptable, la sede del diario El Mercurio fue blanco de los vándalos.

El control militar ha echado sal sobre heridas todavía abiertas, causadas durante los años de la dictadura de Augusto Pinochet

Este panorama caótico no encaja en la narrativa que en los últimos años se había consolidado para dar cuenta del avance de la sociedad chilena en la era pos-Pinochet. Relato que hablaba de este país como un milagro económico y ponía el acento en logros concretos como el de haber alcanzado que el porcentaje de la población en condición de pobreza sea del 8,6.

Pero es verdad también que, de manera paralela, muchas voces advirtieron sobre cómo la desigualdad aumentaba al tiempo que la pobreza disminuía. En vastos sectores de la población crecieron las expectativas de consumo, sin que sus ingresos pudieran satisfacerlas, mientras que se disparaba, por ejemplo, el precio de la vivienda. En Santiago, este creció hasta 150 por ciento en apenas una década. Otro factor clave es la realidad del sistema pensional, que otorga mesadas a los jubilados por debajo del salario mínimo. De este modo se fue incubando una sensación de descontento, sazonada con recientes casos de corrupción en el Ejército y la Policía de Carabineros.

Y aún más grave que lo anterior, peor que el hecho de que la política no logre canalizar el descontento, es la evidente desconexión entre esta y la cotidianidad de la gente, expresada en las declaraciones desafortunadas de varios funcionarios del Gobierno cuando apenas comenzaba la crisis. Con la misma vehemencia con que debe afirmarse que la violencia no conduce a la salida de este atolladero, se debe pedir que todos los esfuerzos se encaminen a subsanar una ruptura que amenaza, sobre todo, la misma convivencia.

editorial@eltiempo.com

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