Esperanza en la legalidad

Esperanza en la legalidad

Hechos exitosos, como proyectos productivos, envían señales de lo positivo de apostarle a la paz.

Por: Editorial
16 de septiembre 2019 , 12:25 a.m.

Este diario registró el fin de semana pasado tres hechos esperanzadores. Se trata, por un lado, del avance que alcanzan cerca de 400 proyectos productivos a cargo de excombatientes de las Farc. Por el otro, del caso puntual del resguardo indígena ubicado en el municipio de El Tablón de Gómez, Nariño, perteneciente a la comunidad inga, en donde fue posible pasar la página de los cultivos ilícitos –la amapola– gracias a un acuerdo de la comunidad para optar por el cultivo sostenible de café. Un paso que incluyó también un retorno a las bases de su cultura en un marco de conciencia ambiental y organización para el cuidado y la defensa de su territorio ancestral. En la misma línea está el otro caso afortunado, que también fue reseñado: el del auge del cultivo –entre campesinos e indígenas del Putumayo– del sacha inchi, nuez amazónica abundante en nutrientes, cada vez más apetecida en mercados de países europeos y norteamericanos.

Todas estas experiencias recuerdan que las economías legales generan múltiples beneficios a cuantos tienen que ver con estas cadenas productivas. No sobra repetir, ni está de más señalar, el contraste entre estas actividades y las ilegales, y cómo estas últimas solo dejan devastación y desolación. Los proyectos dentro de la legalidad ayudan además a robustecer la confianza entre quienes habitan un territorio, y así se tejen redes de apoyo y de sentido de pertenencia que contribuyen significativamente a mejorar la calidad de vida de las personas.

Mientras que en el caso de Nariño y Putumayo estas experiencias exitosas se han hecho de tal modo que el Estado ha tenido un rol entre secundario y marginal, en el de los excombatientes hay que reconocer –de nuevo– cómo estas se enfilan por la ruta del éxito gracias a un esfuerzo mancomunado entre quienes dejaron las armas y las agencias estatales, que, no obstante los vientos cruzados del debate político, se han concentrado de manera seria, rigurosa y admirable en hacer su tarea de apoyar a estas personas. Saben que aquí es donde más se juega el éxito de la paz, incluso más que en los convulsionados escenarios de la confrontación ideológica.

Hay que rodear estos esfuerzos, darles todo el respaldo posible desde el Estado, pero también desde la sociedad

En lo que concierne a los antiguos guerrilleros, ya se ven los frutos de estos esfuerzos: desde una cerveza muy solicitada en ciertos círculos sociales de Bogotá hasta un café de exportación que ya hizo su primer envío de 22 toneladas a Estados Unidos, pasando por los promotores del ‘rafting’ en el río Pato –que además ya participaron en el mundial de este deporte– y por quienes han organizado un recorrido turístico por la llamada cuna de las Farc, Marquetalia, en el sur del Tolima.

El llamado tal vez sea previsible, pero no por ello se puede dejar de hacerlo: hay que rodear estos esfuerzos, darles todo el respaldo posible desde el Estado –que tiene que seguir asegurando continuidad, condiciones y garantías–, pero también desde la sociedad, mediante el consumo responsable y con conciencia social. Es posible así apoyar el país viable y prometedor. Y cerrarles las puertas al crimen y la mafia.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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