Elecciones cruciales

Elecciones cruciales

La cita de octubre en las urnas es clave para cerrarles el paso a las mafias y consolidar la paz.

Por: Editorial
29 de junio 2019 , 11:08 p.m.

Con la apertura, el jueves pasado, de inscripciones para candidatos comenzó oficialmente el proceso electoral que concluirá el próximo 27 de octubre, cuando los colombianos elegirán autoridades locales. Una serie de factores que esta vez coinciden hacen que el habitual calificativo de ‘cruciales’ adquiera pleno sentido.

En primer lugar está la necesidad que tiene nuestra democracia de oxigenarse en un momento en el que el escepticismo y el mismo pesimismo parecen ser la norma. No pocos observadores coinciden en la preocupación por la forma como los cuerpos colegiados y quienes ocupan los cargos de elección popular han mostrado serias dificultades para sintonizarse con las necesidades e inquietudes de la gente. Esto ha dado pie a un círculo vicioso marcado por el desprestigio de estas instancias y la desconfianza hacia los elegidos. Qué mejor ejemplo que el reciente hundimiento en el Congreso del proyecto de ley que ponía fin a la posibilidad de gozar de casa por cárcel para los funcionarios corruptos.

La mejor manera de salirles al paso a quienes –paradójicamente, como ya lo comentábamos la semana pasada– desde las mismas instituciones intentan seducir a los inconformes, con propuestas en la línea de patear el tablero o barajar y comenzar de nuevo, es demostrar que las instancias de participación y, en general, el diseño institucional actuales son más que suficientes para hacer los ajustes que permitan retomar niveles óptimos de confianza en la relación entre gobernantes y gobernados. Y sin necesidad de dar peligrosísimos saltos al vacío.

Porque es muy grave para la democracia que a concejos, alcaldías, asambleas y gobernaciones lleguen personas con la clara disposición de poner las instituciones al servicio de organizaciones con patas en la ilegalidad. Tal proceder es la peor forma de agravar el actual problema. La persistencia de esta situación, en la que organizaciones llegan al poder para servirse de él, alimenta entre la ciudadanía la sensación de que el Estado está al servicio de una minoría y sus intereses, lo cual genera una obvia desazón, fruto de constatar que ya no se cuenta con capacidad de acción alguna sobre los asuntos públicos.

Preocupa que en las primeras de cambio se sigan viendo inquietantes señales de que estas mafias están listas para hacer sentir todo su poder y capacidad de movilización perversa, en ocasiones disfrazando viejas maquinarias como movimientos ciudadanos respaldados por firmas. Maquinarias cuyo combustible es el clientelismo a veces, pero también la coacción, violenta en no pocas oportunidades. Unos escenarios con mucha frecuencia signados por la corrupción de los actuales gobernantes, muy interesados en que no dejen de operar sus engranajes de favores, contratos y favorecimientos de todo tipo a sus financiadores.

La clave es un voto libre de compromisos cortoplacistas, informado y responsable con las futuras generaciones. Y tomar distancia de las soluciones
simples y mágicas a problemas complejos

Siguiendo con los factores que se alinean para hacer de estas unas elecciones particularmente decisivas, hay que mencionar, así mismo, la implementación de los acuerdos de paz con las Farc. Es bien sabido que buena parte de estos apuntan a políticas y programas en clave local. Aunque es verdad que se trata de compromisos adquiridos por el Estado colombiano –el principal responsable de hacerlos realidad–, también lo es que son fundamentales y decisivas unas autoridades locales comprometidas con el propósito de que sea exitosa la implementación.

De tercero en la lista está el factor, ya esbozado, del interés en cooptar el poder local que no les faltará a los grupos armados que para acaparar tierras se nutren de negocios como la minería ilegal, el narcotráfico y la deforestación. Hay motivos suficientes para lanzar estas alertas, y de nuevo les corresponde a los electores no permitir que algo así ocurra.

La buena noticia, y en ella debe hacerse todo el énfasis que sea necesario, es que sigue estando en manos de la gente terminar con esta situación tan nociva. El camino no es un misterio: un voto libre de compromisos cortoplacistas, informado y responsable con las futuras generaciones. Lo cual incluye tomar distancia de quienes ofrecen soluciones simples y mágicas a problemas complejos. Desafíos de enorme calado, como los que hoy enfrenta Bogotá. Para la capital, así como para otras tantas ciudades del país con retos similares, es deseable que se abran paso candidaturas con polo a tierra, capaces de reconocer los logros de administraciones pasadas y fortalecerlos con propuestas ubicadas en el terreno de lo viable y no en el de las utopías. En pocas palabras, que los electores sepan hacer oídos sordos a cantos de sirena que en realidad son un pasaporte seguro a la decepción, con su dosis de desconfianza y rabia. Algo tan importante como exigir que en el debate de estos meses, los argumentos desplacen los epítetos; la deliberación, los decibeles.

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