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El vacío de Merkel

El vacío de Merkel

Su salida deja un incierto desenlace político en su país e incertidumbre en la Unión Europea.

Quienes vieron la forma como ascendió al poder para convertirse en la primera mujer canciller de la historia de Alemania difícilmente podían adivinar que esa dirigente tímida proveniente de la antigua RDA (comunista), discreta en exceso y aparentemente poco ambiciosa, iba a terminar marcando una época y estampando su nombre entre los grandes líderes europeos de la posguerra.

Hablar de Angela Merkel, ahora que está a punto de entregar el poder, es hacer un viaje de 16 años y cuatro mandatos en los que supo dejar atrás la sombra del gigante Helmut Kohl para forjar su propia leyenda.

Resulta difícil, en consecuencia, entender la historia de los últimos años de la UE sin la vara de austeridad y pragmatismo que impuso esta científica reconvertida en hábil y temida política, a menudo subestimada, pero también muy a menudo triunfante. Por eso, varios medios de comunicación del mundo se preguntan en sus titulares: ¿qué será de Europa después del retiro de Merkel?, ¿qué será del mundo?

Y lo plantean con genuina preocupación. Quizás por exceso de decencia, o simple agotamiento, Merkel permitió que los vientos políticos de su ocaso marcaran su sucesión, y hoy los alemanes se enfrentan a un incierto desenlace electoral en el que los socialdemócratas ganaron, pero en el que su sucesor, Armin Laschet, se plantea la formación de un gobierno a pesar de que no lo acompañan ni los votos ni el espíritu de la saliente canciller.

Queda un legado enorme en cuanto a la ética política y la forma como debe asumirse el liderazgo de una democracia moderna.

Merkel se va después de aguantar la embestida brutal de la salida del Reino Unido de la Unión Europea (brexit), de dejar por buen camino la gestión de la pandemia de covid-19 en su país y de haber sobrevivido a la tormenta de populismos desatada por la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y de Boris Johnson al 10 de Downing Street.

Y lo hizo con buenas calificaciones, así a veces no fuera comprendida, como cuando decidió abrir las puertas de su país en el 2015 a la inmigración de cientos de miles de migrantes sirios e iraquíes desesperados por las guerras, o cuando sus políticas de austeridad fiscal extrema sometieron a la quiebra económica a los países del sur del bloque, por allá en el 2008. No la quieren mucho en Grecia, y en España un poco más, aunque no dejan de reconocer que sin la barrera que la canciller supo levantar ante los extremismos ideológicos de lado y lado, o su defensa del europeísmo en tiempos de desintegración, otro hubiera sido el cantar. Ni qué decir de su abandono de la energía nuclear tras el desastre de la central japonesa de Fuku-shima, un radical ejercicio de independencia energética que no pudo conjurar por la elevada dependencia del gas ruso, que representa un altísimo costo geopolítico para Berlín.

Igual le cobran su fracaso en Ucrania y la invasión y anexión rusa de Crimea, que dejó a Europa como convidada de piedra ante las ambiciones imperiales de Vladimir Putin.
Se va Merkel, pero deja un legado enorme en cuanto a la ética política y la forma como debe asumirse el liderazgo de una democracia moderna. Y, como dijo el pasado 20 de mayo, se retira con una sola ambición: que no se diga de ella que fue “perezosa”.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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