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El reto de los Juegos

El reto de los Juegos

Medidas extremas marcarán los Olímpicos, fiesta deportiva que busca vencer los obstáculos del covid.

Con el partido entre Japón y Australia en el sóftbol femenino el martes en la noche, miércoles en la mañana en Japón, se dio inicio a la programación de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020. Y con la denominación comienzan las singularidades de este certamen, inicialmente previsto para el año pasado, pero que tuvo que cambiar de fecha por el covid-19, no obstante la decisión de mantener el año original en el nombre.

Serán, sin duda, unos Olímpicos muy extraños. Comenzando por el ambiente: a diferencia de la gran mayoría de citas anteriores, ni en la ciudad sede ni en la Villa Olímpica se respirará un aire festivo propio de un evento que suele ser un parteaguas en la historia de las ciudades que lo acogen. Así ocurrió con la misma Tokio en 1964.

Con contadas excepciones, tampoco habrá público en los escenarios, pero sí sonidos pregrabados de tribunas abarrotadas que ayudarán a crear una atmósfera artificial. Los medallistas deberán ponerse ellos mismos sus preseas, y todos los participantes, además de pasar por pruebas PCR diarias, tendrán una movilidad muy limitada y un tiempo de permanencia que se limita a cinco días antes y uno después de la competencia.

Por la
pandemia, al lema de ‘Más rápido, más
alto, más fuerte’ será necesario añadirle, en esta oportunidad, ‘más bioseguro’

Y es que un 55 por ciento de los japoneses está en contra de los juegos y se han recogido más de 140.000 firmas que piden la cancelación. Las cifras de contagios al alza, que ponen a Japón rumbo al tercer pico mientras la vacunación apenas ha logrado inmunizar a poco más del treinta por ciento de la población, han obligado a llevar a cabo las justas en medio de severas medidas de prevención. El fantasma de una cancelación o un nuevo aplazamiento aunque no se haya ido del todo ya no asusta, pero rondó hasta el último momento. Al respecto, no es un dato menor el de los 6.000 millones de dólares que tendría que pagar el comité organizador a los poseedores de los derechos televisivos en caso de no poder llevar a cabo las justas. A esta cifra hay que sumarle los 1.300 millones de dólares que ya se perdieron por la ausencia de público y de turistas en el país oriental. Como ya se vio con la Copa América, que finalmente tuvo lugar en Brasil, el peso de las cifras detrás de un evento de este calado es considerable y obliga a extremar las medidas para que, finalmente, pueda efectuarse y transmitirse.

Con todo, el mundo estará pendiente de lo que ocurra en la capital nipona. Colombia estará presente con 70 deportistas, una delegación menguada por los estragos de la pandemia en la preparación y las pruebas previas de clasificación.

Si bien es el anhelo, esta vez no parece realista esperar superar la histórica actuación de Río 2016 con ocho medallas, tres de ellas doradas. Pero los colombianos seguirán con entusiasmo la actuación de sus representantes, entre los que se destacan, de nuevo, Mariana Pajón y Caterine Ibargüen, además del también atleta Anthony Zambrano y los tenistas Juan Sebastián Cabal y Robert Farah, en dobles. Otros 203 países estarán igualmente pendientes del desempeño de sus representantes. Sería necio negar la trascendencia orbital que sigue teniendo este certamen, así en esta edición a su lema de ‘Más rápido, más alto, más fuerte’ sea necesario añadirle ‘más bioseguro’.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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