El Premio Compartir

El Premio Compartir

Los galardonados este año representan a miles de maestros que le entregan su vida a la educación.

Por: EDITORIAL 
11 de junio 2019 , 07:26 p.m.

El bello Premio Compartir ha estado poniendo en evidencia, durante estos veinte años de reconocimientos, una verdad que suele perderse de vista en el día a día de los colombianos: el coraje de miles de maestros que a pesar de las circunstancias, contra viento y marea, siguen entregándole sus vidas no solo a la valerosa labor de educar, sino, en un país lleno de obstáculos y reveses, a la heroica tarea de llamar a los niños a los salones de clases: de convertirlos en alumnos.

Para celebrar sus primeras dos décadas, que le han presentado a Colombia una serie de hombres y mujeres dignos de admiración, el Premio Compartir ha elegido como mejor maestro del año 2019 a Carlos Enrique Arias entre 1.074 estupendos candidatos. Arias, profesor de la institución San Antonio María Claret, en Montelíbano, Córdoba, supo conjurar un problema que se da en todo el país: la deserción y el derrotismo –la negativa a entrar a la universidad– de la gran mayoría de los estudiantes cuando se acerca el momento de graduarse, que suele conducir a oficios frustrantes para ciertos talentos o a redes criminales.

¿Cómo ganarle a lo que el profesor Arias llama “la competencia perversa del dinero fácil”? Conduciendo a los estudiantes de Montelíbano, sitiada, aún hoy, por las bandas criminales, para que se apropien de su contexto y se interesen en investigar soluciones para los problemas sociales que los detienen.

Habría que darle otro premio al Premio que ha hecho tanto
por quienes les devuelven a los niños el derecho a comenzar la carrera de la vida.

El Premio Compartir al gran rector lo recibió el profesor Orlando Ariza, de la Institución Educativa Nuestra Señora del Pilar, en Villagarzón, Putumayo. Durante los diez años que ha estado en la rectoría, el señor Ariza consiguió convertir su colegio –que alguna vez tuvo la mala fama de “recicladero del pueblo”, de refugio de indisciplinados y de viciosos y de repitentes– en uno de los más audaces y de los mejores de su departamento: las materias que se enseñan, por ejemplo, tienen los nombres de las cualidades que se buscan en los estudiantes.

Habría que concederle un premio al Premio por estos veinte años de traer a la turbulenta escena colombiana los ejemplos de tantos maestros que han hecho tanto como los líderes más mediáticos –y quizás más– para pensarse los retos y las soluciones de la sociedad colombiana. De cierto modo, como lo demuestran los casos de Arias y Ariza, ser profesor es devolverle a la población la esperanza, desenterrarle a la sociedad las oportunidades.

Es claro que durante demasiado tiempo, la educación ha servido, sin querer, a la causa retorcida de la segregación, a la causa perversa de la desigualdad, pero el serio premio de la Fundación Compartir, llevado a cabo por un grupo de expertos que no descansan en la búsqueda de educadores ejemplares, ha venido probando que Colombia también está llena de profesionales creativos que han hallado –muchas veces en medio de la precariedad y a pesar de la violencia– estrategias para devolverles a los niños de Colombia el derecho a no comenzar rezagados la carrera de la vida. Y eso sí que es hacer sociedad y patria.

editorial@eltiempo.com

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