El norte del Cauca

El norte del Cauca

Ante asedio de grupos ilegales, es vital construir confianza entre comunidades indígenas y Estado.

Por: Editorial
19 de agosto 2019 , 09:37 p.m.

Es llover sobre mojado calificar de crítica la situación que hoy se vive en el norte del Cauca. Aun así, hay que hacerlo –y cuantas veces sea necesario– para llamar a una movilización liderada por el Estado que ponga fin al derramamiento de sangre y el reinado del terror en esta región del país.

También es reiterativo, pero no por ello menos acertado, calificar esta zona como un verdadero polvorín. Confluyen allí múltiples tensiones, algunas que datan incluso de tiempos coloniales y tienen que ver con el acceso a la tierra y con las actuales disputas por el control de corredores y rentas ilegales derivadas del narcotráfico y la minería ilegal.

Complejidad aparte, en esta ocasión hay algo muy claro: los pueblos indígenas están en la mira de un poderoso enemigo y es necesario actuar para evitar un exterminio. La situación es grave. Este año ya han sido asesinados 36 de ellos, y las amenazas no cesan. No es claro quién está detrás de las muertes, pero sí hay consenso respecto a que el control territorial que estos ejercen en un área considerable del norte de este departamento y su rechazo a las armas y a la violencia están resultando incómodos para quienes quieren consolidar su engranaje criminal al precio que sea.

Mientras las autoridades señalan a las disidencias de las Farc como responsables –este fin de semana el Ejército las combatía en zona rural de Suárez–, los indígenas y las autoridades civiles del departamento apuntan a carteles de la droga mexicanos, que cada vez se hacen sentir más en la región. Estos, a su vez, tendrían vínculos con estructuras paramilitares. Y como si lo anterior fuera poco, se habla también de los planes del Eln de entrar en la disputa de la zona apoyándose en el control de nuevas explotaciones de oro.

Ante este estado de cosas, es urgente, primero, establecer con certeza de dónde vienen las balas. Y al tiempo, para proteger a las comunidades es necesario, hoy más que nunca, avanzar en la construcción de confianza entre la Fuerza Pública y los indígenas. Y tan importante como lo anterior es que este esfuerzo sea impulsado por una presencia estatal integral que permita, a su vez, cerrarle el paso al avance de las economías ilegales.

Es verdad que no faltan las heridas sin sanar en la relación que han tenido estas comunidades con la Fuerza Pública y el Estado en general. Asumir y aceptar esta realidad tiene que ser el primer paso para sanarlas y avanzar a escenarios de respeto y trabajo conjunto, sin pasar por encima, por supuesto, de la autonomía de estos grupos. Ahí está la clave: en demostrar, con acciones, que es real y transparente la voluntad del Estado por decir “presente” en estos territorios con infraestructura, más servicios de justicia, salud y educación y apoyo real a proyectos agrícolas dentro de la legalidad.

Y es que ante el asedio de mafias movidas únicamente por una insaciable y brutal codicia, son más que necesarias la unión y la coordinación de quienes están ahí, desde distintas esferas, para garantizar la prevalencia del interés general, la convivencia, la salvaguarda de saberes y tradiciones y la propia vida.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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