El extravío de la confianza

El extravío de la confianza

Quedarse en lo escandaloso es lo que lleva a tergiversar las cosas o hacer generalizaciones.

Por: Editorial
02 de diciembre 2018 , 12:01 a.m.

El mayor activo de una comunidad que aspira a salir adelante es la confianza. Nada puede sustituir ese deseo de que las cosas salgan bien o mejoren si no deposita su fe en el otro, llámese un familiar, un amigo o un vecino. Y cuando se trata del Estado, la palabra adquiere un significado mayor, pues se convierte en un propósito que nos atañe a todos porque todos somos parte de ese conglomerado al que llamamos sociedad; con reglas de juego, con deberes y obligaciones, con responsabilidades que van más allá del interés particular. 

Por eso, cuando se rompen esos lazos de confianza que se construyen de forma común, se rompe también la posibilidad de progreso, de un proyecto de país compartido, de un mismo sueño, no importa que para hacerlo realidad se tengan que superar las múltiples diferencias que nos marcan como seres humanos, pues eso también forma parte de la generación de confianza.

Esta reflexión viene al caso en momentos en que el país atraviesa una crisis de valores como pocas veces se había visto. La ciudadanía ha advertido el desgaste moral en que han caído sus instituciones, y así lo acaba de expresar en la Encuesta de Cultura Ciudadana (ECC) 2018, dada a conocer esta semana para el caso de Bogotá y otras capitales. Desde que se viene midiendo el estudio –por iniciativa de Corpovisionarios y la Cámara de Comercio de Bogotá– en el año 2001, es claro que hay un quiebre de valores a partir del 2008, cuando la capital fue objeto del peor saqueo de su erario durante el gobierno del Polo Democrático, encabezado por Samuel Moreno, hoy preso. Desde entonces, los bogotanos entraron en un estado de negativismo y desinterés que no consiguen superar.

Más recientemente, el debate entre sectores de oposición y el fiscal general, Néstor Humberto Martínez, propició un nuevo capítulo de señalamientos acerca de la responsabilidad que les asiste a quienes tuvieron que ver de una u otra forma con el sonado escándalo de Odebrecht y el proyecto Ruta del Sol. Y ello también volvió a proyectar esa sombra de desasosiego y desconfianza que la opinión pública viene advirtiendo. Con el agravante de que este debate –que no es el primero que ocurre en el Congreso de la República y muy seguramente no será el último– terminó creando la sensación de que se trató de una polémica entre dos bandos políticos cuando el tema era la corrupción. Lo que lleva a que la gente tome partido más por afinidades políticas y se desdibuje la credibilidad sobre lo segundo, mucho más grave. Y los medios hemos contribuido a que eso sea así. Por otro lado, allí se hicieron señalamientos de tipo penal, cuando ese no era el escenario para tal fin, lo cual tampoco ayuda a generar credibilidad.

En la gama de ejes que mide la ECC, hay un claro declive en indicadores como la confianza en las instituciones, que se califica con un deprimente 1,3 sobre 10; en la percepción que se tiene de la probidad de los funcionarios públicos (1,8); una opinión mayoritariamente negativa hacia la ley y muy poca importancia hacia los asuntos públicos en general. Lo que subyace en todo esto es, sin lugar a dudas, un empoderamiento del discurso derrotista y sin futuro, producto, entre otros factores, de los sucesivos escándalos de corrupción y la polarización política. Es lo que Henry Murraín, director de Corpovisionarios, denomina la “narrativa del colapso”.

Por dolorosas que sean las circunstancias, cabe advertir que lo sucedido ese martes es la demostración de que hay una institucionalidad y unos contrapesos de poder

Contrasta esto –valga reconocerlo también– con una mayor disposición de la ciudadanía hacia el rechazo de las acciones violentas, una mayor disposición a obedecer la ley y a aceptar la diferencia como parte del entramado humano del que está revestida la sociedad. La gente es hoy más tolerante hacia la comunidad LGBTI o con las personas que tienen problemas por consumo de drogas, para citar algunos ejemplos.

Pero, volviendo al debate del Congreso, es posible que muchos piensen que estamos en una nación en decadencia por lo que reflejó la discusión. Sin embargo, por dolorosas que sean las circunstancias, cabe advertir que lo sucedido ese martes es la demostración de que hay una institucionalidad y unos contrapesos de poder que permiten que el país sea testigo de lo que sucede, con garantías, y que la ciudadanía pueda expresarse. Es el juego de la democracia. Los medios hemos informado a nuestras anchas, los sectores de oposición han tenido todas las garantías para manifestarse y los funcionarios públicos, el derecho a defenderse. Dicho eso, es urgente que el país vuelva por la senda de la confianza. Quedarse en lo escandaloso, por muy grave que pueda parecer, es lo que lleva a quienes se sienten tocados por los señalamientos o se escudan en el mercadeo de opiniones de las redes sociales a tergiversar las cosas o hacer generalizaciones. En circunstancias como estas, cabe recordarlo, son la verdad y los hechos los primeros que pierden cuando no se tiene sindéresis y juicio a la hora de exponer argumentos.

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