El Cauca somos todos

El Cauca somos todos

El Gobierno y los indígenas deben trabajar de la mano para enfrentar los carteles de la droga.

Por: Editorial
04 de noviembre 2019 , 09:47 p.m.

El narcotráfico es un cáncer que hizo metástasis en la geografía nacional y en la sociedad. Lo que está pasando en el norte del Cauca es una desgracia, en especial para las comunidades indígenas, que valientemente se enfrentan a una recua variopinta de mafias. Allí conviven disidencias de las Farc y bandas criminales, de la mano con poderosos carteles mexicanos. Es decir, todo se reduce al imperio del negocio de la coca, en el que la muerte suele hacer parte de la organización.

Lo demuestra la lista luctuosa de los últimos días. El país ya había sido sacudido el pasado 1.° de septiembre con la muerte de la candidata a la alcaldía de Suárez, en el norte del departamento, Karina García, de su señora madre y de dos integrantes de la comitiva. El pasado martes asesinaron a sangre fría, en la vereda La Luz, de Tacueyó, a la valerosa gobernadora indígena neehwe’sx Cristina Bautista, junto con cuatro guardias.

Cuarenta y ocho horas después, cuando apenas el Estado llegaba a la zona a atender la masacre, cinco ingenieros fueron degollados en Corinto, al parecer porque los asesinos pensaron que eran miembros de la inteligencia militar. Y este fin de semana, en Toribío, fue acribillado otro joven indígena, además del escolta Fabio Rivera, quien trabajaba para la Unidad Nacional de Protección. Este es el increíble y doloroso balance en una zona donde hace 15 días las mafias advirtieron en panfletos que por cada cabeza de guardia indígena o coordinadores de guardia pagan 10 millones de pesos.

Es claro. Los grupos ilegales quieren sacar a los nativos que se niegan a que sus territorios sean escenario de cultivos ilícitos, laboratorios, rutas de coca –que entre Cauca, Chocó y Nariño suman más de 61.000 hectáreas–, además del tráfico de armas.

Desde luego, es una pelea desigual la de los bastones de mando frente a los fusiles de asalto y las granadas. Por eso es vital que los indígenas entiendan, de una vez por todas, que el Estado es su aliado. Hoy, el enemigo común es el que los está matando y los quiere despojar de su tierra.

El desafío de los narcotraficantes y disidencias –son lo mismo– es un póker sangriento que el Estado debe jugar con inteligencia y poniendo a su servicio todos los poderes. No es descabellada la idea de académicos, como el exrector de la Universidad Nacional Moisés Wasserman, de que haya un comando conjunto de guardias indígenas y el Ejército. Y que este no tenga terrenos vedados. En ese camino, indígenas y Gobierno deben hablar con franqueza y sin prevención. Cristina Bautista les dijo: “Nos tocan a uno, nos tocan a todos”. Ese ‘todos’ incluye a los demás colombianos.

Para desterrar el crimen, lo dicen expertos, el Estado tiene que llegar no solo con más pie de fuerza permanente, sino con presencia institucional e integral, con programas sociales y de desarrollo, buscando atacar la pobreza y creando confianza. Porque la lucha es, así mismo, contra el viejo abandono estatal.

Y, por qué no, hay que ir más allá, pues este ya no es un problema local. Es transnacional. Se debe trabajar con México, porque sin duda en esta zona están los sanguinarios carteles aztecas. En todo caso, este es un reto por el Cauca, por los indígenas, por la paz y por el país.

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