Viajes seguros

Se necesitan participación y armonía de todas las instituciones para que se proteja a las personas.

Por: Editorial
15 de octubre 2020 , 09:25 p. m.

La pandemia, como su nombre lo indica, es una amenaza mundial que en rigor exige soluciones globales en razón de que, como se ha demostrado con el covid-19, ningún lugar está exento de ser afectado por el nuevo coronavirus, independiente de sus condiciones.

Y quizás un elemento práctico de este concepto sea la corresponsabilidad que deben tener los países entre sí para evitar que sus nacionales trasladen la infección a otra parte o que los extranjeros la introduzcan de manera indebida. Y en ese contexto, el control riguroso –desde el plano sanitario– de las personas que entran y salen del país se torna obligatorio, lo cual no quiere decir, de ningún modo, que se tengan que restringir en forma absoluta.

En ese sentido, expedir, divulgar y, por encima de todo, poner en práctica protocolos específicos orientados a minimizar la transmisión del virus entre países forma parte de una estrategia que no debe extrañar a nadie, y menos a los responsables de llevarlas a la práctica.

Aquí hay que decir, del mismo modo, que el Ministerio de Salud definió unas medidas de bioseguridad para viajeros internacionales que tienen como base un principio que si bien parece lógico, no es infalible, como es la exigencia de las pruebas diagnósticas negativas en un plazo mínimo para las personas que ingresan al país y la necesidad de cumplir con el mismo requisito cuando el destino lo exija.

Ningún protocolo es rígido, puede modificarse en la medida en
que diferentes elementos y factores lo permitan.

Este proceso requiere participación y armonía de todas las instituciones públicas y privadas para que en lugar de generar traumatismos de cualquier índole cumplan con el objetivo primario de proteger al máximo a los viajeros con las mínimas afectaciones aledañas.

Aunque la esencia de estas medidas es clara, se han presentado diferencias que infortunadamente han terminado confundiendo a las personas y que, por ello, requieren pronta solución. Esto debe empezar por entender que ningún protocolo biosanitario es rígido en este momento, sino que puede modificarse en la medida en que las circunstancias, el conocimiento, la experiencia y la evidencia lo permitan.

Y si bien la exigencia de las pruebas no es una condición absolutamente fiable, dado que puede haber falsos positivos y en el lapso entre la toma de la muestra y el vuelo una persona puede cambiar su condición, lo cierto es que por ahora es un requisito válido, sujeto a complementarse o modificarse con otras medidas.

Se sabe, por ejemplo, que el seguimiento riguroso del estado de salud de los viajeros a través de aplicaciones para el monitoreo de síntomas y el control periódico por medio de un call center que determinaría medidas específicas según la evolución de cada persona son acciones que en este momento estudia el Ministerio de Salud. De ese modo, la aplicación de pruebas podría dejarse solo para casos en los que se considere estrictamente necesaria.

Sin embargo, todo esto requiere tanto la armonía institucional como tener presente que a partir de la forma como funcionan todos estos elementos es como la perspectiva de la verdadera reactivación puede plantearse en un horizonte más claro. Lo único que no cabe son culpas y esguinces, que perjudican a todos.

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