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El Papa, en Irak

El Papa, en Irak

El pontífice realiza una visita histórica y de alto riesgo, en busca de acercamiento con el islam.

La visita que desde ayer efectúa el papa Francisco a Irak puede marcar un antes y un después en su pontificado, dadas las extremas condiciones de violencia que han sacudido el país en las últimas dos décadas, así como el interminable impacto del coronavirus y el ‘martirio’ al que han sido sometidas las comunidades cristianas por el exterminio y la salvaje persecución de grupos terroristas, en un país mayoritariamente musulmán.

En este contexto crítico, marcado por atentados recientes contra fuerzas estadounidenses y con condiciones de seguridad que penden de un hilo, aterrizó el papa Francisco con un contundente llamado para que se “callen las armas”, para tender puentes con los fieles musulmanes –en su gran mayoría del ala chií– y para que “prime la paz” por encima de los intereses políticos, ideológicos e incluso religiosos.

Es tan alto el riesgo que corre el Papa que, contra su costumbre, se está trasladando en un vehículo blindado y en avión, y dentro de su agenda prácticamente solo habrá un acto masivo, que será una misa en el estadio de Erbil, en la región del Kurdistán iraquí, en el norte del país.

Se considera que uno de los principales actos del viaje será visitar al ayatolá Alí Sistani, principal figura del islam chií.

Más allá de eso, el Vaticano ha asumido esta visita como “un deber” hacia la comunidad cristiana del país, que en el 2013 llegaba a 1,4 millones de personas, pero que hoy apenas suma 300.000. El mensaje es que urge el regreso de los cristianos a Oriente Próximo no solo porque cada vez hay menos, sino porque las raíces de las tres grandes religiones monoteístas se juntan en esta región de la antigua Mesopotamia. De hecho, el Papa visitará Ur, la región donde –reza la tradición– habría nacido el profeta Abraham, figura común para judíos, cristianos y musulmanes. Allí participará en una oración con representantes chiíes, suníes (la otra rama del islam) y yazidíes (minoría muy golpeada por los extremistas), entre otros.

La visita es histórica por donde se la mire, porque además de ser el primer obispo de Roma que visita el país, rompe un ayuno de 15 meses sin viajes del pontífice por la propagación mundial del covid-19. El Papa, al igual que todos los miembros de su delegación, ya fue vacunado, pero se anunció que se tomarán todas las medidas de bioseguridad, en especial por la costumbre del Papa de saludar a los fieles.

El papa Juan Pablo II, el más viajero, murió sin poder cumplir el sueño de visitar Irak, precisamente por la violencia y la inestabilidad política.

Y aunque se habla de que apenas será una visita de cortesía, se considera que uno de los principales actos del viaje de Francisco será en la ciudad santa de Nayaf, para visitar al ayatolá Alí Sistani, principal figura del islam chií. Guía de miles de fieles en el mundo, este nonagenario de salud frágil, que nunca se ve en público y transmite sus mensajes a través de sus asistentes, es ampliamente respetado por casi todas las comunidades. Su mensaje, incluso durante la guerra, de defensa y protección de las minorías y de los cristianos, hace de este encuentro interreligioso uno de los momentos claves y más significativos de la visita.

El papa Francisco está en tierra de leones. Al Qaeda y el Estado Islámico arrasaron ciudades y comunidades a su paso. Pero nada parece detener a este peregrino de la paz.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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