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Un síntoma agobiante

Un síntoma agobiante

Cifras de violencia contra menores obligan a que Colombia se cuestione el origen de este flagelo.

La desolación que causa observar los diferentes indicadores que dan cuenta de las violencias que se ejercen a diario contra millones de niños y niñas en Colombia no puede paralizarnos. Al contrario, debe llevar a identificar las raíces del brutal fenómeno y actuar para transformar esta realidad.

El especial publicado por este diario el fin de semana pasado, a cargo de José Alberto Mojica, revela unos números aterradores. Se dio a conocer, por cierto, al tiempo que en Quibdó tres niños eran ultimados a machetazos solo por haber traspasado, sin saberlo, una frontera invisible.

El trabajo periodístico evidenció que en los últimos cinco años 11.373 menores han muerto por causa violenta en Colombia. Lo anterior a sabiendas de que el subregistro es muy alto. Según la ONG Save the Children, Colombia es el tercer país del planeta, tras Ruanda y Bolivia, donde más niños y niñas son asesinados. Pero no es solo la violencia homicida. La de índole sexual también presenta un panorama desgarrador: en 2020, Medicina Legal practicó 27.363 exámenes por presunto delito sexual a niños y adolescentes de entre 0 y 17 años; de ellos, 2.935 en el rango entre los 0 y los 4 años. Y faltan los datos de los suicidios: cifras de Medicina Legal indican que en 2020 cuatro niños de entre 5 y 9 años se quitaron la vida; lo mismo hicieron otros 113 de entre 10 y 14 años y 161 entre los 15 y los 17 años. Hay, por último, otra cifra que debería preocupar tanto como las citadas, pues apunta a la raíz del problema: 50,5 por ciento de los menores que nacen en el país no son deseados.

De nada servirán las leyes si, al tiempo, cada quien no asume su parte observando qué tanto hay de esas violencias en su propio ser.

Un diagnóstico así de alarmante es propio de un mal estructural. Desde luego, hay que actuar para evitar muertes, abusos y suicidios ya mismo, quién lo duda, pero de nada servirá disminuir en el corto plazo estos indicadores si los esfuerzos no se dirigen también a las causas de fondo. Esto es: a aquello que hace que sean más los casos en los que la maternidad no es fruto de un deseo responsable, amoroso y consciente, sino de otros factores; a lo que conduce a que sean tantos los menores que desde muy temprana edad están en riesgo de ser reclutados por grupos armados y, finalmente, a un factor fundamental que el informe deja muy claro: a la reproducción, generación tras generación, de un círculo vicioso de relaciones familiares determinadas por la violencia y el maltrato, consecuencia, tantas veces, de una muy pobre educación emocional.

Urge algo muy parecido a una revolución si de verdad queremos transformar esta vergonzosa realidad de un país que mata a sus niños. Por supuesto, buena parte de la tarea le corresponde al Estado, pero lo que debe quedar muy claro es que se necesita de todos para que el empeño rinda frutos. De nada servirán las leyes, las políticas o los tratados si, al tiempo, cada quien no asume su parte, observando qué tanto hay de esas violencias en su propio ser, en su forma de relacionarse con los demás y reacciona para transformarlas. Los niños y las niñas terminan siendo receptores de innumerables tensiones, frustraciones y agresiones que sufren los adultos de sus círculos cercanos. Entender esto y asumirlo a plenitud tiene que ser el primer paso.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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