Sufre Providencia

La tragedia debe llevar a una intervención del Estado que vaya más allá de la reconstrucción física.

Por: Editorial
18 de noviembre 2020 , 08:45 p. m.

El dolor fuerte e inevitable que producen las imágenes de una devastada Providencia, luego del paso del huracán Iota el pasado fin de semana, debe llevar a la solidaridad y la reflexión.

Se trata de la mayor tragedia marítima en la historia del país. Más de cinco mil personas lo perdieron todo en Providencia y Santa Catalina, lugares donde también sufrió serios daños la infraestructura. En medio del desasosiego y la destrucción, hay que resaltar que el saldo en cuanto a pérdida de vidas pudo haber sido mucho mayor. Solo una muerte se había confirmado al escribirse estas líneas.

El Gobierno ha reaccionado con rapidez. Ha hablado el presidente Iván Duque de un plan para reconstruir tanto Providencia como San Andrés –que sufrió, así mismo, por el paso del huracán–, en un plazo de cien días, inicialmente, que incluirá una gerencia. Es de esperarse que este plazo se cumpla. El ministro de Vivienda, Jonathan Malagón, aseguró que la totalidad de las viviendas arrasadas por los fuertes vientos serán intervenidas antes del 2022. El archipiélago, que ya tenía enormes necesidades derivadas de la pandemia, la corrupción y el narcotráfico, ahora tiene el desafío de pasar la más dolorosa página de su historia.

Episodios como este dejan claro lo irresponsable y peligroso que es con las futuras y actuales generaciones negar el cambio climático.

Pero esta dura realidad es también una oportunidad para ir a las raíces de estos problemas. La meta del esfuerzo gubernamental no puede limitarse a la reconstrucción física. Es el momento para una intervención integral que fortalezca el tejido social y permita construir una institucionalidad local más sólida, eficaz y transparente, al tiempo que se generen alternativas para la población diferentes al turismo. No se pueden desaprovechar las lecciones de iniciativas similares que el país ha puesto en marcha en el pasado.

Ya son muchas, por suerte, las iniciativas de toda índole para recibir ayudas y hacerlas llegar a los damnificados. Sin duda estamos ante otra coyuntura en la que las circunstancias obligan a la generosidad, a la movilización y, en fin, a hacer lo que esté al alcance de cada uno para aliviar un poco el sufrimiento de los isleños.

La reflexión debe pasar por lo que implica el cambio climático como realidad que ya nos toca. Lo visto con Iota da señales claras de los desafíos que se avecinan: su brutal paso de tormenta tropical a huracán de categoría 5 en cuestión de pocos días jamás se había visto. Frente a un hecho así, cualquier protocolo de respuesta se queda corto. En cambio, la ocurrencia de dicho fenómeno sí debe servir de advertencia sobre lo que vendrá para este departamento y para la región Caribe. Es ya una obligación generar una cultura integral de la prevención, con planes de evacuación e infraestructura pública y privada pensada para resistir estos embates de la naturaleza.

Por último, hay que ser muy claros en la importancia de salvaguardar el actual consenso en el país sobre el cambio climático como una realidad que obliga a actuar. Y advertir, con toda la contundencia y en todos los escenarios, sobre el costo tan grande del irresponsable negacionismo de líderes como Donald Trump o Jair Bolsonaro, no para las futuras sino para las actuales generaciones.

EDITORIAL

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