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El rito de la Semana Santa

El rito de la Semana Santa

Esta es una ocasión para el repaso de la vida que vivimos y la que queremos.

Está viviéndose en el mundo entero una segunda Semana Santa en medio de la pandemia. Y en el panorama sigue habiendo algo de la celebración de los últimos tiempos, pues muchos pueden tomársela como una suma de días para las vacaciones, pero, gracias a los llamados urgentes a seguirse cuidando del virus –los llamados al enclaustramiento y al distanciamiento que en días santos suenan a recogimiento–, también hay algo del viejo rito de los padres y de los padres de los padres: aquella silenciosa y grave oportunidad para reflexionar, en medio de la conmemoración de la pasión de Cristo, sobre una vida vivida en procura de la paz de todos.

Más allá de si se asume la Semana Santa como un momento para la religiosidad, más allá de si se experimenta como una evocación del periplo de Cristo desde el Domingo de Ramos hasta el Domingo de Resurrección, y en medio se revisan la entrada a Jerusalén, la última cena, el viacrucis y la crucifixión, se trata sin duda de un paréntesis: un puñado de días que sirven al propósito de aclarar lo que se ha estado viviendo. De vacaciones en cualquier paraje turístico, o en la casa, con más tiempo entre las manos, es una ocasión para el repaso de la vida que vivimos y la vida que queremos.

En Walden, el admirable y bello ensayo de 1854 sobre los “dos años, dos meses y dos días” que vivió aislado en una casa junto a un lago, Henry David Thoreau relata su empeño de asumir la naturaleza y la verdad: “Aun cuando su vida sea cruel, enfréntela y vívala”, concluye entre la soledad, “no la evite ni la nombre con dureza”. Pueden ser tiempos difíciles, dice Thoreau, pero siempre lo son. Y el relato de la Semana Santa, más allá de la devoción y el hábito, no es solo el relato del viacrucis sino el de su fin.

Estos días nos convocan a superar el horror y el dolor, a restablecer diálogos, a sumar voluntades, a no dejar pasar de largo las lecciones que suelen venir con las pestes, como esta que
nos azota.

Cierto es que los horizontes de cada ciudadano y de cada sociedad están hoy llenos de retos, de líos que no van a desaparecer solos: la crisis de las democracias, la polarización, la vida diaria afectada por las redes sociales, la transformación de los oficios, la fragilidad de la economía, la inminencia del cambio climático, la renovación de las relaciones entre las personas y de las identidades de las nuevas generaciones se han vuelto aún más demandantes, más apremiantes a causa de los reveses que ha traído el covid-19.

Y, sin embargo, si algo es claro en esta Semana Santa es que el reto no era superar el 2020 como mejor fuera posible, sino encarar un periodo de la historia de la especie que todo el tiempo está invitando a la solidaridad y a la imaginación. Es una época dura. Es exigente porque las soluciones no van siempre al paso de los problemas. Pero estos días parecen estar convocándonos a superar el horror y el dolor, a restablecer diálogos, a sumar voluntades, a no dejar pasar de largo las lecciones que suelen venir con las pestes.

De las pandemias que han arrasado a la especie, de la peste de Justiniano, de la peste negra, de la viruela, de la gripe española, del VIH, se ha regresado con una inevitable reflexión sobre la flaqueza de la vida y sobre la muerte como un lugar al que conviene llegar sin deudas pendientes con uno mismo y con los demás. También se ha hablado del duelo. Y el duelo –el viaje por lo que hemos perdido– quizás sea el tema fundamental de los colombianos en estos momentos: a la terrible violencia que el país ha padecido en medio de las guerras por la tierra habría que sumarle las cerca de 63.000 que ha dejado el paso del coronavirus.

Extrañamente, ha sido la nuestra una cultura piadosa que no ha sido al tiempo una cultura de la terapia, de la digestión de los eventos traumáticos. Se ha respondido con coraje y con resistencia a la violencia, y se ha contestado con procesos de paz a los conflictos armados, pero, tal vez porque las confrontaciones armadas persisten y ciertos episodios siguen siendo muy recientes para comprenderlos del todo, poco se ha confiado en la necesidad de pronunciar en voz alta lo que ha pasado acá.

Colombia es, desafortunadamente, un país en el que sus habitantes llevan muchas cruces a cuestas. Sea este el momento para la reflexión profunda sobre cómo poder sobrellevarlos y aliviar el camino a quienes más les pesa la carga: violencia, desempleo, pobreza... El rito de la Semana Santa es la renovación de esperanzas y fe, más allá de la religión que se profese. Es un relato en contra de los estigmas, de los silenciamientos, de las persecuciones, de los linchamientos, de los martirios: un relato sobre la resistencia, la superación del dolor y de la aniquilación, y el triunfo de la bondad y solidaridad. Y dicho así, en un país como el nuestro, suena más relevante que nunca.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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