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Protesta, sí; vandalismo, no

Protesta, sí; vandalismo, no

Son vitales para la democracia las movilizaciones, pero cuando la violencia aparece, desvirtúa todo.

El momento social que vive el país es delicado y de agitación con tintes peligrosos. La jornada de protesta del miércoles pasado contra el proyecto de reforma tributaria que el Ejecutivo se dispone a radicar ante el Congreso –y que se prolongó ayer con algunas marchas en varias ciudades– le recordó al país que el vandalismo vive al acecho y puede terminar siendo el principal obstáculo para que dicho descontento se cristalice en la búsqueda de acuerdos que ayuden a avanzar hacia un mejor estado de cosas.

La movilización fue pacífica en gran parte del país, pero el desborde de la violencia en algunas regiones dejó un balance de cuatro personas muertas, 26 capturadas y 87 policías heridos. A esto se suman los saqueos y el incendio de buses en Cali, y energúmenos irrumpiendo en locales comerciales y oficinas de empresas privadas. En medio de esta situación, hay muchos casos por esclarecer en manos de la justicia, como el de dos jóvenes en Cali, muertos a bala en episodios separados, y agresiones a la Policía, como ocurrió con el comandante de la Sijín en Soacha, gravemente herido tras ser atacado con cuchillo por intentar impedir un saqueo.

Y hay que ser claros: la protesta pacífica hace parte de los espacios disponibles en una democracia. Escuchar a través de ese mecanismo las voces críticas contra la reforma es necesario en el debate. Como ya se ha dicho varias veces desde estos renglones, una ciudadanía activa que se hace sentir en las calles es señal de una democracia vital.

Y hay que ser claros: la protesta pacífica hace parte de los espacios disponibles en una democracia

Pero cuando son tantos los actos vandálicos, es indicio de que algo está mal, pues, a la larga, todos perdemos. El vandalismo golpea a todos por igual, comenzando por que es la ciudadanía la que paga los impuestos con los que se dota el espacio público y se construye la infraestructura de los sistemas de transporte masivo. Son estos comportamientos los que le terminan generando a la gente una riesgosa asociación entre protesta y destrucción, vínculo que les hace daño tanto a quienes promueven la movilización social pacífica como a la misma salud de la democracia.

Quienes lideran la protesta social deben ser capaces, entonces, de marcar distancia de los que incurren en conductas en contravía del Código Penal. Las autoridades deben, a su vez, aportar lo suyo para, dicho coloquialmente, separar el trigo de la cizaña.

El llamado toca también la realidad actual del covid-19. De cara a futuras convocatorias, hay que pedir que se tome nota de las advertencias desde la ciencia sobre el riesgo de las aglomeraciones. Un escenario de hospitales desbordados, que ojalá no se dé dentro de dos semanas, perjudica a todos por igual, comenzando por los profesionales de la salud. Proceder de esta manera desafía los peligros del tercer pico de la pandemia. Urgen prudencia y sentido de responsabilidad.

En suma, nada más representativo de las libertades democráticas que las protestas por su efecto social y simbólico, pero cuando la violencia aparece, desvirtúa todo. Este país ya firmó un pacto de paz. No podemos permitir que por la ventana que abrió el acuerdo a la visibilización de diferentes sectores históricamente marginados y a la expresión libre y pacífica de sus reivindicaciones se cuele la anarquía.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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