Volver a conversar

Volver a conversar

Ante el descontento social, ahora con nuevos ingredientes, hay que perseverar en el diálogo.

Por: Editorial
22 de septiembre 2020 , 09:25 p. m.

La jornada de marchas y demás manifestaciones que tuvo lugar el lunes pasado dejó claro que la reactivación del país tras seis meses de confinamiento incluye, como era previsible, la protesta social.

Está fresco aún el recuerdo de lo que fueron las movilizaciones que marcaron el final del 2019 en el país: en particular la del 21 de noviembre. Más allá de los lamentables capítulos violentos que empañaron aquellos días, en especial la muerte de Dylan Cruz, la relevancia que estas tuvieron condujo a que el Gobierno decidiera crear una Gran Conversación Nacional con el fin de que las reivindicaciones expresadas en la calle no quedaran en el aire. Dicho escenario estaba compuesto por cinco mesas de trabajo, cuyos temas eran educación, ambiente, paz, economía y lucha contra la corrupción.

Entre diciembre y marzo se desarrolló el trabajo de estas, que no estuvo exento de sobresaltos por una falta de rigor y consistencia del Ejecutivo –de la cual dieron cuenta los mismos moderadores comisionados por el Presidente–, así como por las defecciones y posturas radicales de quienes estaban del lado contrario. Aun así, hubo desarrollos que iban a tener un cierre en marzo, mes para el que estaba previsto un evento en el que el primer mandatario presentaría las conclusiones de cada mesa. Y entonces irrumpió el covid-19, con las repercusiones ya conocidas. La realidad cambió de forma brutal en términos de desplome de la economía y el lógico impacto de dicho sacudón en frentes críticos como el empleo.

El llamado es a que Gobierno y líderes de las protestas no abandonen por ningún motivo
la disposición al diálogo y el encuentro.

Luego vino la profunda indignación que generó la muerte violenta de Javier Ordóñez tras haber sido brutalmente agredido en un CAI. Es cierto que este hecho detonó actos vandálicos inaceptables y probablemente azuzados por organizaciones ilegales, pero es verdad también que el sentimiento de rechazo a esta y otras acciones en las que policías han deshonrado el uniforme es algo real y ha llevado a muchos a expresarlo en las calles.

Así las cosas, parece claro que el descontento que motivó las marchas de noviembre, si bien tuvo un receso, no ha perdido vigor y, al contrario, nuevas causas lo nutren. Lo procedente es que el Gobierno reconozca esta realidad, lo cual incluye un llamado a conservar la actitud de diálogo y escucha observada a finales de 2019. Admonición que también debe cobijar a quienes lideran las protestas con el fin de que muestren la serenidad y madurez necesarias para pasar de las consignas a las propuestas.

En suma, el reto radica hoy en reconocer la nueva realidad, retomar los logros alcanzados a comienzos de año y corregir las fallas que impidieron que el primer ejercicio fuera más fructífero. Y, ante todo, hay que reiterar con todo el énfasis del caso que el diálogo es la única vía y no se puede abandonar, no obstante la beligerancia de algunos, la tozudez de otros y la polarización del ambiente. La conversación, el diálogo y el encuentro entre quienes parecen estar en bandos irreconciliables es la mejor manera de evitar que prospere la espiral de caos, que a toda costa se debe evitar. Y si hay perseverancia, humildad y transparencia, tarde o temprano vendrán avances en la dirección contraria: esa en la que todos ganamos.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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