La otra pandemia

El covid-19, entre otras cosas, deja graves consecuencias en salud mental, que es vital atender.

Por: Editorial
17 de octubre 2020 , 08:43 a. m.

La innegable atención hacia las repercusiones físicas del covid-19 en ocasiones puede minimizar los efectos sobre los daños emocionales que deja no solo en los afectados directos, sino en los entornos.

En momentos en que el mundo dedica unos días para hablar sobre la salud mental, es ineludible referenciar el incremento de la sintomatología y la demanda asistencial que los trastornos de este corte dejan en la población general. Hoy se habla de que por lo menos el 35 por ciento de quienes han tenido el nuevo coronavirus en su cuerpo reportan signos y síntomas compatibles con diagnósticos concretos de tipo psicológico o psiquiátrico que ameritan tratamiento. Sin dejar de lado que ya se habla de un 40 por ciento más de compromisos similares por efectos derivados de la pandemia.

De por sí, las personas que han sido sometidas al aislamiento social, con restricciones en la movilidad y otros factores carenciales que ha develado esta coyuntura, muestran una vulnerabilidad mayor a presentar complicaciones de tipo psicoemocional que van desde síntomas aislados hasta el desarrollo de trastornos específicos como insomnio, ansiedad, depresión y hasta el llamado trastorno de estrés postraumático. Estas condiciones se suman a la desmoralización, el desamparo y los duelos que acompañan a las personas con relaciones directas o cercanas con la enfermedad que deja el Sars-CoV-2.

En Colombia se ha generado una política en este frente. Se espera un actuar acorde para que las consecuencias no tomen ventajas irrecuperables.

Por otro lado, hay evidencias del crecimiento en todas las edades de consecuencias derivadas de la incertidumbre, la angustia y el deterioro del funcionamiento social u ocupacional, que han terminado configurando trastornos de la adaptación, proclividad al consumo de alcohol y sustancias psicoactivas y potenciales ideas suicidas.

El asunto es tan serio que la Organización Mundial de la Salud (OMS) realizó un estudio entre junio y agosto pasados en 130 países, en los cuales se evaluaron las alteraciones psicológicas derivadas de la pandemia y la capacidad de estos para atenderlas. Se encontró que en más del 60 por ciento de las regiones analizadas había graves deficiencias en la intervención de estos problemas, con mayores compromisos en niños, adolescentes, personas mayores y madres gestantes.

Además, se halló que en las tres cuartas partes de los países analizados las falencias en las intervenciones en los espacios escolares o de trabajo eran tan significativas que menos del 15 por ciento de las necesidades eran cubiertas. Y si bien la mayoría de los países han demostrado interés para generar normas que aborden estos problemas y evitar que los trastornos sean la siguiente pandemia, como ya advierten algunos, lo cierto es que los vacíos en la atención siguen siendo la constante.

En Colombia se ha generado una política de salud mental con líneas estratégicas específicas que han incluido componentes de prevención y atención integral para estos trastornos en el marco de la cobertura del sistema de salud. Y, aunque se han definido recursos y responsables, se espera que estos componentes aceleren su actuar con miras a que las consecuencias de la pandemia no tomen ventajas irrecuperables. Las advertencias han sido claras.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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