Sin marcha atrás

Sin marcha atrás

Llamar las cosas por su nombre ha ayudado a poner a raya el acoso en universidades, pero aún falta.

Por: Editorial
29 de julio 2020 , 09:25 p.m.

El reciente informe de la Comisión Feminista de Asuntos de Género del Departamento de Antropología de la Universidad Nacional, con testimonios de varias mujeres y de un hombre que tienen en común haber sido víctimas o testigos de agresiones a manos de docentes, es un paso significativo hacia el objetivo de erradicar de las aulas un amplio conjunto de conductas que por años se asumieron como normales, aun a sabiendas de lo profundo de las heridas que dejaron abiertas.

Por desgracia, los patrones que muestran estos casos son –y han sido por tantos años– lugares comunes que una cultura de fuertísima raigambre machista logró disfrazar con trajes de todo tipo, todos sacados del mismo manto de normalidad.

Mientras unos eran vistos como bromas pesadas, pero toleradas y aplaudidas, otros eran asumidos por las víctimas como martirios ineludibles que había que soportar en silencio. O, igual de grave, como inevitables humillaciones que terminaban asumiendo –también por el machismo– como una consecuencia de sus propios actos.

Quienes han sido víctimas han constatado que, por desgracia, todavía ronda el fantasma de la invitación al silencio y la resignación.

El caso es que, en voz baja, durante décadas todo esto formó parte de lo habitual en muchas universidades. Nos referimos a comentarios inapropiados en las aulas, tocamientos e insinuaciones del mismo tipo en salidas de campo, pero también a abiertos e infames chantajes a mujeres en situación vulnerable, en los que se les plantea acceder a las pretensiones sexuales del docente agresor a cambio de una calificación.

Cada vez queda más claro que se ha dado el primer paso: llamar las cosas por su nombre. Y esta es una muy buena noticia. No es patanería ni galantería trasnochada, menos ‘intensidad’: es acoso, es violencia de género.

Pero falta mucho. Las universidades se enfrentan hoy al reto de ser verdaderos espacios seguros, y esto tiene unas implicaciones a veces muy profundas, dado lo arraigada que ha estado la cultura machista de la que han surgido estas conductas.

Y es que quienes han sido víctimas han constatado, con profundo dolor, lo duro que es este reto para algunas instituciones en las que ciertas inercias y temores de origen ancestral gravitan los intentos por sintonizarse con las obligaciones de estos tiempos. La invitación al silencio y la resignación es un fantasma que suele aparecer en estos casos. Y lo mueve el temor de constatar que se trata de un mal con mucha frecuencia estructural. Las buenas intenciones deben concretarse cuanto antes en protocolos que conduzcan a cambios reales, elaborados de forma abierta e incluyente.

No se trata de dar pie a una cacería de brujas. Sobra decir que cualquier acción debe darse dentro del marco de la Constitución, mucho más que en el de las redes sociales, y siempre procurando garantizar a quienes son señalados el respeto de sus garantías.

Pero sí procede aplaudir que el rumbo sea el correcto, así como que ya no haya marcha atrás. Ahora es necesario abrir la discusión sobre cuál es la manera más adecuada para afrontar un asunto en el que debe primar llegar a la verdad que sana heridas y a los compromisos de no repetición que despejan el futuro.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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