Secciones
Síguenos en:
Doce días de protestas

Doce días de protestas

Los avances en la búsqueda de consensos deben generar nuevos hechos políticos.

El país transita por su segunda semana de protestas ciudadanas y manifestaciones callejeras, con una inaceptable dosis de violencia y vandalismo, en medio de un proceso de diálogo convocado por el Gobierno Nacional y que da sus primeros pasos en el camino adecuado. El momento que la sociedad colombiana experimenta es tanto crítico como excepcional.

Las autoridades investigan la dolorosa muerte de 27 colombianos durante las protestas, 47 denuncias de abuso policial y violaciones de derechos humanos, centenares de civiles y miembros de la Fuerza Pública heridos, billones de pesos en daños a la infraestructura, pérdidas del comercio y otros sectores, destrozos en negocios, desabastecimiento de alimentos y suministros médicos, y ciudades como Cali prácticamente sitiadas. Todo ello en medio de una reactivación económica accidentada y del tercer pico de contagios. Malestar en las calles, zozobra en los hogares, redes criminales pescando en río revuelto y ruina en las empresas, miedo a la pandemia y un llamado colectivo a encontrar una senda de salida a la crisis mediante una conversación de alcance nacional.

No sobra reiterar que esta coyuntura crítica exige el doble requisito de detener la violencia y respetar la institucionalidad. Esta semana ha sido un trágico recordatorio del nivel de degradación al que pueden llegar jornadas de protesta sin dirección política ni responsables ideológicos. Pero también, una muestra de la genuina disposición del Gobierno a reconocer errores y a invitar a la construcción conjunta de salidas usando esas vías institucionales. En días recientes, tanto el Gobierno como sectores opositores como la Coalición de la Esperanza han dado muestras de avanzar en dirección al diálogo y a la sensatez. Son señales que merecen un reconocimiento.

Este momento excepcional demanda de todos los actores la responsabilidad de avanzar hacia un acuerdo alrededor del cese de la violencia, el levantamiento de los bloqueos, el despliegue de una agenda social, el fortalecimiento de la vacunación y la recuperación de la economía. Pero, en particular, requiere del Gobierno, y del presidente Duque, abandonar estrategias pasadas y agotadas. La coyuntura exige fórmulas políticas creativas, rápidas y novedosas, sustentadas en ese liderazgo presidencial de los últimos días. El primer mandatario debe recoger las lecciones del proceso de Conversación Nacional y estructurar estos nuevos espacios de diálogo social con reglas, mecanismos y convocatorias tanto eficaces como incluyentes. Esto implica la necesidad de salir del Palacio de Nariño y generar, como lo ha planteado el partido de gobierno, conversaciones más cercanas a los alcaldes y las regiones. Asimismo, el papel del gabinete ministerial debe repotenciarse para conectarse mejor con los sectores sociales.

Las avenidas del diálogo ya empiezan a incluir a algunos jóvenes colombianos, cuyas demandas por educación, empleo y futuro han marcado este paro y anteriores jornadas de protestas.

La definición de una agenda con la más amplia representación posible de ellos es parte de esas soluciones creativas que la situación demanda

Sin desconocer el desafío para convocar vocerías y representantes de este sector social, su presencia es crucial. La definición de una agenda de conversación con ellos es parte de esas soluciones creativas. Por otro lado, el presidente Duque puede seguir saliendo de terrenos conocidos para abanderar con mayor audacia una agenda puntual, costeable y eficaz para el último tramo de su administración. No basta con incorporar demandas sociales, sino también reafirmar el compromiso gubernamental con las urgencias de las empresas, las restricciones de las arcas públicas y las angustias de los trabajadores.

El desafío del liderazgo presidencial es aprovechar estos primeros avances para generar nuevos hechos políticos que estén a la altura del momento. De ellos deben surgir acuerdos alrededor del fin de la violencia y de unos puntos específicos, sensatos y medibles que se implementen rápido y de manera sencilla para ganar confianza. Es la Presidencia de la República la llamada a recoger esas demandas, marcar la ruta del consenso y articular una visión compartida para salir de la crisis.

La responsabilidad en desarmar los espíritus, la generosidad con los más pobres y la grandeza en el camino de los acuerdos deben venir de todos. Es justo reconocer que los espacios de consenso creados por el Gobierno vienen avanzando, pero aún necesitan alcanzar una mayor convocatoria y recibir un respaldo más decidido de los sectores que rechazan la violencia, especialmente de los partidos. La apuesta por defender las instituciones y su capacidad de tramitar los descontentos sociales no puede quedar aislada. Y es que Colombia atraviesa un momento excepcional que demanda creatividad en el diseño de las soluciones y agilidad en la consolidación de respuestas novedosas a esta crisis, tomando siempre como pilar principal el liderazgo que en nuestro diseño institucional le corresponde al Presidente de la República. Por ahora, el llamado al diálogo de la Casa de Nariño va en la dirección correcta.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

MÁS EDITORIALES

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.