Divorcio europeo

Divorcio europeo

El acuerdo que concreta la salida del Reino Unido de la Unión Europea deja más dudas que certezas.

Por: EDITORIAL
26 de noviembre 2018 , 08:54 p.m.

Lo sucedido el domingo en Bruselas no es como para echar campanas al vuelo. La aprobación del acuerdo de divorcio tras 45 años de matrimonio entre el Reino Unido y la Unión Europea, tal como lo anotó con pesar el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, “no es un momento de alegría ni de celebración; es un momento triste y una tragedia”.

Y la razón es simple. El bloque se queda sin uno de sus principales países, que, a pesar de no haberse adherido a algunos de los avances comunitarios claves –el euro como moneda única, por ejemplo-, le daba más peso internacional al grupo y sumaba poder de interlocución, particularmente con Estados Unidos. La construcción europea sigue siendo un modelo inspirador, pero lo de Londres es un muy duro golpe.

Un referéndum, fruto de disputas políticas internas, y una campaña montada sobre mentiras y fake news terminaron imponiendo por poco el proceso de salida de Londres, que le tocó gerenciar a la primera ministra Theresa May luego de la dimisión de David Cameron, sobrepasado por el desastre de lo ocurrido ese 23 de junio del 2016.

Muchos dirán que era un matrimonio por conveniencia y sin amor, porque Londres siempre puso sus intereses económicos y nacionales y su noción de soberanía por encima del idealismo del proyecto político de integración. Pero ahora que la separación está casi lista, se siente –como probablemente sucede con la mayoría de los matrimonios rotos– que nadie gana, todos pierden, y la nostalgia de lo que pudo ser y no fue.

Pero el camino no está despejado. Falta la aprobación del Parlamento Europeo, que se da como un hecho, y la del Legislativo británico, que votará el 11 de diciembre, en el que, por lo anunciado hasta ahora, May no tiene las mayorías. La oposición laborista y una parte de los conservadores anunciaron que votarán en contra.

Tanto Bruselas como May repiten como un mantra que el aprobado es el único acuerdo posible, pero en la política interna británica muchos lo ven como un pacto de vasallaje que hay que rechazar, y otros buscan la realización de un segundo referendo, situaciones que pondrían tanto a la UE como al Gobierno británico en una sinsalida que, incluso, podría costarle el cargo a May y dejar sin piso el arreglo.

De hecho, se cree que, aun aprobando el acuerdo, May no podría repetir mandato, ya que se buscaría un liderazgo renovado para negociar cómo quedarán las relaciones con la UE luego del periodo de transición de dos años o más si Londres pide prórroga.

Para varios analistas, la salida del Reino Unido es una especie de tiro en el pie porque en su condición actual formaba parte de la Unión, pero gozaba de derogaciones y prerrogativas extraordinarias. Fuera del bloque no tendrán voz ni voto, deberán plegarse a la reglamentación europea si quieren seguir comerciando y protegiendo a sus ciudadanos más allá de sus fronteras, y, además de eso, tendrán que pagar la factura por irse, que se calcula en 50.000 millones de euros. ¿Mejor un mal matrimonio que un buen divorcio?

editorial@eltiempo.com

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