Dependientes de los celulares

Dependientes de los celulares

Ha llegado el momento de abrir el debate para un mejor uso de las pantallas.

Por: Editorial
20 de abril 2019 , 11:49 p.m.

Fue el papa Francisco el encargado de poner el dedo en la llaga, pero la preocupación ya venía tomando vuelo de tiempo atrás. Hace unos días, el pontífice les pidió a los jóvenes liberarse de la dependencia de los teléfonos móviles, y con este llamado puso a buena parte del planeta a reflexionar acerca de cómo se está relacionando la especie humana –no solamente los jóvenes– con las nuevas tecnologías y, en particular, los dispositivos móviles de distinto orden.

Más allá de consideraciones morales, el asunto implica las consecuencias nocivas, que cada vez se hacen más evidentes, de la manera como las personas –y en especial los menores de edad– usan tabletas y celulares. Y aquí, el espectro es amplio: va desde la accidentalidad vial hasta serios problemas de los estudiantes para concentrarse, pasando por el deterioro en la calidad de vida que supone privilegiar el contacto humano mediante pantallas sobre el presencial.

Hay que advertir de entrada que ventilar esta cuestión no lleva consigo una intención de nadar en contravía de poderosas corrientes como lo son las de los desarrollos tecnológicos. Es necesario dejar muy claro que estas tecnologías pueden ser grandes aliadas de avances con impacto notable en el bienestar de la sociedad y que el meollo del asunto no está en los aparatos en sí, sino en el uso que se les da. Dicho lo anterior, podemos regresar a lo que hoy ocurre y, principalmente, a los desafíos que plantea el auge de estos dispositivos, cada vez más presentes en los hogares y las vidas de la gente. Un estudio reciente arrojó que en Estados Unidos, el tiempo promedio de uso de teléfonos móviles cada día por niños y niñas aumentó de cinco minutos en 2011 a 48 en 2017. En este mismo país se pasó de un 52 por ciento de hogares con teléfonos móviles en 2011 a 98 por ciento en 2017.

Son aparatos que irrumpieron en nuestra cotidianidad a una velocidad muy superior a la de los estudios para medir y conocer su impacto. Bien vale la comparación con, por ejemplo, el cigarrillo, que hace solo unas décadas se consumía sin mayores regulaciones o restricciones, incluso por mujeres embarazadas. Lo cual cambió gracias, entre otros motivos, a hallazgos científicos en virtud de los cuáles su consumo hoy se da en un marco regulatorio bastante estricto.

De vuelta a los móviles, sobre la mesa ya empiezan a aparecer hallazgos inquietantes. La revista médica ‘Jama Pediatrics’ reveló que existe una relación entre retrasos de los niños para alcanzar hitos de su desarrollo y mayor tiempo ‘conectados’ a un celular o tableta dos años antes. Otras pesquisas han encontrado vínculos entre el uso excesivo de estos dispositivos en adolescentes y problemas serios en el terreno de la salud mental. En términos más generales, en solo tres décadas, las nuevas tecnologías han desatado adicciones a Facebook, Instagram, Twitter, a navegación sin rumbo, a la pornografía en la red, a las compras en línea, a los juegos y el contacto con desconocidos. Tal como sucede con otras adicciones, los afectados tienden a subvalorar el tiempo que dedican a estar conectados, y sus efectos a nivel cerebral son equiparables a los desencadenados, incluso, por algunas drogas que elevan la producción de dopamina, como un mecanismo de recompensa que se traduce en un falso bienestar del cual resulta difícil desprenderse.

Ya hay cierto consenso en cuanto a la importancia de evitar el contacto con pantallas a edades tempranas, en particular en los primeros 18 meses de vida, y se hace hincapié en que en los meses siguientes este siempre debe estar regulado y darse en compañía de un adulto responsable.

Colombia no ha sido ajena a la discusión. Un proyecto en este sentido, que prohíbe el ingreso de teléfonos a alumnos hasta el grado noveno y lo restringe para los de décimo y undécimo, ya fue aprobado en segundo debate por la plenaria de la Cámara de Representantes. Su promotor, el representante Rodrigo Rojas, del Partido Liberal, afirmó que esta iniciativa busca “generar entornos seguros de aprendizaje para nuestros niños, al restringir el uso de esto dispositivos en las aulas”.

A estas alturas, todavía puede ser prematuro asumir una postura férrea. No obstante, sí debería existir ya un mínimo consenso acerca de la necesidad de abrir la discusión. Un debate en el cual se tiene que tener presente la compleja disyuntiva que lo ronda. Vivimos tiempos en los que para trabajar, estudiar o estar al día resulta imprescindible el uso de la red a través de equipos cada vez más inteligentes, lo que dificulta los diagnósticos y, en consecuencia, las acciones terapéuticas. El reto es enorme, pero hay que enfrentarlo. Se trata de encontrar una senda que permita quedarnos con todo lo positivo de estos aparatos, sin que ello signifique una costosísima hipoteca para la sociedad.

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editorial@eltiempo.com

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