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Democracia lejana

Democracia lejana

No hay motivos para decir que elecciones en Venezuela hayan sido un paso en la dirección correcta.

No fue precisamente una fiesta de la democracia la cita en las urnas del domingo en Venezuela. Los comicios para elegir autoridades locales se celebraron en medio de un ambiente de marcada apatía que, como todos los pronósticos lo señalaban, terminó reflejándose en la cifra de abstención. Esta fue del 58,2 por ciento, la más alta en los últimos 20 años.

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Los resultados tampoco sorprendieron: el oficialismo triunfó en 20 de las 23 gobernaciones en juego, además de ganar la alcaldía de Caracas. De los tres estados en los que triunfó la oposición, Cojedes, Nueva Esparta y Zulia, solo este último tiene una relevancia importante en términos del poder político en el país vecino: es el más poblado. Quienes no están alineados con el chavismo llegaron a estas justas divididos y sin superar el debate interno respecto a si convenía o no participar en ellas.

Y es que si bien las elecciones contaron con una misión de observación a cargo de la Unión Europea –cuyos resultados preliminares han de conocerse hoy– y algunas garantías hubo para los candidatos opositores, el evidente carácter dictatorial del régimen alimentó todo tipo de dudas y de miradas desconfiadas fundadas en la brutal persecución que en los últimos años ha adelantado contra sus críticos.

Con todo, hubo sectores y líderes –entre ellos el más visible, Henrique Capriles– que dejaron de lado estas prevenciones y le apostaron a la idea de que estos comicios eran un primer paso necesario para que en un futuro no muy lejano se pudieran celebrar elecciones presidenciales con plenas garantías en un país que no deja de expulsar población, seres humanos sumidos en la más inhumana de las miserias. Al respecto, lo que diga en su informe final la Misión de Observación será importante, pero sobre todo se exigen actos, más que palabras, de Maduro en los próximos meses y años que permitan albergar algún grado de esperanza sobre el regreso de la democracia al país.

Hay que evitar a toda costa que la ‘nueva normalidad’ en la que unos pocos gozan de comodidades se convierta en algo permanente.

Mientras tanto, son muchas las preguntas sin respuesta. Comenzando por qué pueda pasar con una oposición que no logra encontrar liderazgos que lleven a superar sus múltiples fisuras y siguiendo por el futuro de los diálogos de México a instancias de Noruega, cuyo futuro está hoy atado, según Maduro, a lo que ocurra con Álex Saab en Estados Unidos.

Lo visto en los últimos meses, en los que la economía en su caída parece haber tocado fondo para dar paso a una nueva normalidad marcada por el abismo que separa a la gran mayoría de la población, sin recursos, sin esperanzas ni futuro, de unos pocos que gracias a la dolarización, al alza del petróleo sumada a un leve repunte de la producción y, sobre todo, a su cercanía al régimen han podido acceder a un nivel de vida con comodidades. Este segmento ha traído un cierto dinamismo a la economía. El asunto es que dicho estado de cosas no es aceptable. Un cambio profundo en Venezuela sigue siendo necesario, y este debe darse por la vía democrática. La oposición tiene que entender cuál es su deber en este momento histórico, y la comunidad internacional debe continuar la presión y ponerle a Miraflores la vara muy alta en lo que de mostrar señales de abandonar la senda dictatorial se trata.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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