De cara a la protesta

De cara a la protesta

Bienvenido el diálogo con los inconformes, pero sin que este sustituya a las urnas.

Por: Editorial
01 de diciembre 2019 , 12:02 a.m.

Más de una semana completan ya las expresiones callejeras de inconformismo en Colombia. Se trata de un suceso histórico, que no quede duda, por el número de concentraciones, la cantidad de ciudades en donde se han realizado y la convocatoria que han tenido. La envergadura del fenómeno hace obligatorio un juicioso análisis de sus motivaciones y componentes, así como de todos los factores que lo hicieron posible. Esto les corresponderá, en las semanas y los meses venideros, tanto al mismo Gobierno como a los analistas, una vez se decanten las aguas.

Han sido días de agitación social con aspectos muy positivos, como el carácter pacífico, alegre y vital de buena parte de estos plantones y marchas, y otros muy lamentables. Aquí hay que referirse, en primer lugar, a la muerte de Dilan Cruz, tras recibir en la cabeza un disparo proveniente de un arma en manos de un integrante del Esmad. Es necesario lamentar también –junto con el vandalismo, al que ya nos referiremos– que más de 300 integrantes de la Policía hayan sufrido heridas, algunas de gravedad. Este es el caso del patrullero Arnoldo Verú, a quien le fue arrojada una papa bomba en Neiva, y del también patrullero Walfren Narváez, quien perdió un ojo a causa del impacto de una piedra el pasado viernes 22 de noviembre, en Bogotá.

Sea esta la oportunidad para reiterar que la protesta es un derecho que debe respetarse, siempre y cuando no transgreda límites que la pongan en el terreno de los daños indiscriminados al patrimonio público o privado, o de expresiones de violencia que puedan derivar en riesgos para la vida de las personas presentes en los lugares donde se desarrollan. Dicho de otra forma: la violencia y el vandalismo tienen que seguir siendo objeto de severa sanción social, además de una contundente y eficaz labor de contención por la Fuerza Pública.

Y es que resulta a todas luces inaceptable, por ejemplo, como ha ocurrido en Bogotá, el daño a la infraestructura del transporte, patrimonio de la sociedad y servicio público sagrado. Las cifras dadas a conocer sobre las pérdidas que ha dejado la protesta –1,4 billones de pesos, según cálculos iniciales– no son, como se ve, de poca monta. La disminución del ritmo de las actividades económicas genera un perjuicio a toda la sociedad, no exclusivamente al Gobierno.

Es doloroso, injusto e inaceptable que personas de la más diversa condición social tengan que soportar la falta de transporte público como una contribución obligatoria a la protesta. Las imágenes de bogotanos y bogotanas caminando horas antes y después de sus jornadas de trabajo no forman parte de lo que se llama la protesta pacífica.

Frente a estos acontecimientos, el gobierno del presidente Iván Duque ha tenido una actitud que merece el calificativo de dialogante. Desde el comienzo. Aunque puede asistirles la razón a quienes esperaban reacciones más audaces y contundentes del Ejecutivo, aspecto que bien puede ser objeto de debate, en cualquier caso es loable que este haya mostrado una disposición a acercarse a los líderes del paro para iniciar una conversación.

Para ello se crearon las diferentes mesas, con coordinadores ajenos al Gobierno, en las que se abordarán los seis principales temas que según lo observado y considerado por el Ejecutivo recogen las reivindicaciones que han orbitado las movilizaciones. Son ellos: transparencia y lucha contra la corrupción; educación; paz; ambiente; fortalecimiento de las instituciones y crecimiento con equidad.

Las mesas deben ser espacios de debate de distintos temas nacionales, con presencia de
representantes de todos los sectores involucrados, amén de la presencia de los líderes de las marchas

Es muy importante a estas alturas, y de cara al ejercicio que ya comenzó, advertir que la solución de esta crisis no puede ser la discusión con los promotores de la protesta de un extenso pliego de peticiones acerca de innumerables asuntos que conforman la actualidad del país.

Se deben entender dichas mesas como unos espacios de debate de distintos temas nacionales, en los que es necesario que hagan presencia representantes de todos los sectores involucrados, amén de la asistencia de los líderes de las marchas.

Lo anterior para dejar sin argumentos a quienes han interpretado los hechos de los últimos diez días como un intento por doblegar a un gobierno elegido en las urnas a través de la generación de crisis en las calles. Un escenario que, independiente de si es fiel o no a la realidad reciente, no puede, de ninguna manera, ser considerado un ejercicio democrático. Para decirlo sin ambages: la democracia se ejerce en las urnas, donde se respaldan programas de gobierno, y a través de las protestas se manifiestan válidos cuestionamientos o inconformismos respecto a diversas situaciones. Pero que quede claro: la protesta callejera no reemplaza el sufragio universal, lo complementa.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

Empodera tu conocimiento

MÁS EDITORIALES

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.