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Crecen las disidencias

Crecen las disidencias

Es fundamental la presencia del Estado en las zonas donde el crimen recluta sus nuevos integrantes.

Saber que ya son más de 7.000 los integrantes del Eln y las disidencias de las antiguas Farc tiene, sin duda, que ser motivo de alarma. Estos se suman a los más de 8.000 que conforman los demás grupos armados ilegales, según lo acaba de revelar el informe ‘Los focos del conflicto en Colombia’, realizado por el Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (Indepaz).

Esta radiografía enseña otra serie de datos y patrones de lo que hoy ocurre con estos generadores de violencia. Llaman la atención, sobre todo, comportamientos que marcan una clara diferencia entre estos actores y los que protagonizaron el conflicto armado hasta hace pocos años. El más llamativo de estos es que ya no estamos ante organizaciones con reivindicaciones políticas y un proyecto, a mediano o largo plazo, de tomarse el poder, lo que necesariamente ha de incluir una confrontación abierta y constante con la Fuerza Pública, tal y como ocurrió hasta bien entrado este siglo. Hoy el interés de estas organizaciones, incluso el mismo Eln, pasa más por el control de subregiones, con el fin de asegurar el acceso a las rentas que allí extraen, fruto de actividades económicas ilegales, desde el narcotráfico hasta el contrabando, la minería ilegal y el tráfico de personas, entre muchas otras.

Vale la pena también detenerse en que atrás parecen estar quedando los tiempos de los comandantes veteranos y con fuerte ascendencia en la organización debido a su trayectoria criminal. Hoy, con pocas excepciones, estos grupos están comandados por personas jóvenes sin mayor pretensión que la de consolidar su dominio, sin importar a qué costo o con qué métodos, en un determinado territorio. Es muy importante resaltar también que el crecimiento de las disidencias no se ha dado a partir del reclutamiento de antiguos combatientes. El informe es claro en que de los 13.000 guerrilleros que se acogieron en su momento al proceso de paz solo 795 hoy no se sabe dónde se encuentran. El resto, el 95 por ciento, sigue cumpliendo.

La partida decisiva es la que se libra en los territorios por conquistar los corazones de los jóvenes, tarea que no pasa solo por lo militar.

Y justamente el que las disidencias, pero igualmente las otras organizaciones, hayan podido incorporar a sus filas a miles de jóvenes es lo que más preocupa, además de recordar el enorme desafío que aquí afronta el Estado. Y es que en zonas donde tiene lugar alguno de los eslabones de la cadena del narcotráfico se requiere de gran cantidad de personas que preste seguridad, y para ello los ilegales cuentan con dinero a borbotones. Esto coincide con la gran deuda social del Estado con dichos territorios, realidad que se concreta en las escasas opciones de los jóvenes en aquellos lugares. Así, desafortunadamente, bien sea por voluntad propia o por la vía del reclutamiento forzado, terminan ellos nutriendo las filas del crimen.

Es una situación muy compleja, y el Estado está obligado, como lo viene haciendo –el ministro de Defensa, Diego Molano, dio cuenta de 5.000 capturados, desmovilizados o muertos en combate– a contrarrestar estos grupos por la vía que resulte más efectiva. Pero a sabiendas de que la partida decisiva es la que se libra en los territorios por conquistar los corazones de los jóvenes. Y aquí, como es bien sabido, el rol prioritario no le pertenece a la Fuerza Pública.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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