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Construir confianza

Construir confianza

Es inquietante el informe del BID sobre confianza ciudadana. Urge transformar esta difícil realidad.

El informe del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), dado a conocer esta semana, sobre los niveles de confianza en Latinoamérica pone de relieve uno de los mayores desafíos que hoy por hoy enfrenta la región, si no el mayor. Y es que, como lo señala el documento, se trata de un asunto absolutamente transversal, del que dependen directamente otros igual de importantes como la convivencia, la calidad de vida y el desarrollo económico.

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Como bien lo planteó el politólogo Andrés Casas, investigador de la Encuesta Mundial de Valores, la confianza es "el ingrediente más importante para el funcionamiento de una sociedad". De ahí que sea tan inquietante constatar que solo una de cada diez personas confía en el prójimo en nuestra región, uno de los principales hallazgos del trabajo en cuestión. Y si el panorama en materia de relaciones interpersonales es alarmante, no lo es menos en lo que concierne al vínculo entre ciudadanos e instituciones. Confirmando una tendencia que parece universal, los latinoamericanos muestran niveles muy bajos de confianza en instituciones que son pilares de cualquier democracia, como el Ejecutivo, el Congreso, el sistema judicial y los partidos políticos. En este orden de ideas, no sorprende que sea la familia la institución que sale mejor librada, junto con los vecinos.

Se necesita que los sistemas educativos fijen como objetivo central la restauración de la confianza en función de la solidaridad y la cooperación.

Esto último recuerda lo afirmado por quienes se dedican desde la academia al estudio del capital social –el cual es el indicador que mide la fortaleza de los lazos de confianza en los grupos humanos–, que coinciden en que es difícil que las sociedades cuyos integrantes confían ante todo en sus núcleos familiares den pasos sólidos hacia un mayor bienestar colectivo.

Pasada la página del diagnóstico y de la consecuente alarma, urge concentrarse en lo que debe hacerse para transformar esta difícil realidad. Aquí la receta no es nueva, pero no por ello debe dejarse de lado: reformas estructurales que superen actuales asimetrías de poder; fortalecer las instituciones que permiten a la ciudadanía empoderarse y por esta vía lograr que los gobernantes rindan cuentas; cambios para que sea mucho mayor la transparencia a todo nivel en la gestión pública, pero también en el ámbito privado: que el acceso a información de todo tipo, desde tasas de mortalidad de los hospitales hasta puntuaciones de pruebas escolares, esté al alcance de la gente.

A las recomendaciones anteriores hay que añadir la necesidad crítica de que los sistemas educativos fijen como objetivo central la restauración de la confianza en función de la solidaridad y la cooperación. Y todo a sabiendas de que, como también lo afirma Casas, "la confianza no se hace por diseño, no se decreta". Lo que implica también darle un lugar central al cambio cultural, el que se juega en el día a día de las personas. Aquí los hechos tienen que prevalecer sobre los discursos, en términos de un ejercicio cotidiano, correcto y virtuoso de la democracia que permita profundizarla.
Se trata de lograr no solo avanzar en la concreción de sus promesas de igualdad y bienestar, sino también de evitar escenarios de desorden total y desinstitucionalización.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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