Cambio de vida

Cambio de vida

La denuncia de abusos en el mundo audiovisual muestra lo lejos que estamos de conjurar este mal.

Por: Editorial
10 de julio 2020 , 09:30 p.m.

En los últimos días, sobre la base de una serie de testimonios de mujeres víctimas de abuso y acoso sexual en la industria audiovisual, se ha estado debatiendo con urgencia –como debe ser– lo fundamental que es, hoy más que nunca, una transformación de la relación entre hombres y mujeres en los diferentes mundos laborales.

En ciertos gremios entregados al entretenimiento de la sociedad, desde el del fútbol hasta el de los realizadores de cine y televisión que han vivido a salvo en sus logros y en sus talentos, se han replicado los desmanes, los matoneos, los despotismos normalizados, que se han dado en cuerpos cerrados como el de los militares o el de los religiosos.

Y la valiente denuncia de lo que durante años ha sido corriente –y tolerado y soportado en el mundo de los castings y las producciones– ha conseguido que se siga llamando al fin tanto del machismo como de la violencia machista, no solo en el medio del cine y de la televisión, sino en toda la construcción de la sociedad colombiana.

Estamos en mora de una reeducación que erradique la idea del sometimiento como demostración de poder.

Luego de la publicación de estos siete relatos dolorosos, recogidos por dos periodistas, que nos ponen al tanto de lo lejos que estamos de conjurar uno de nuestros peores males, han servido al debate importantes reflexiones de realizadoras como Laura Mora o de la misma Cristina Gallego, exesposa del director Ciro Guerra, quien es señalado en dichos testimonios.

Resulta de suma importancia, asimismo, la propuesta del grupo llamado REC Sisters –“Somos un colectivo de mujeres del audiovisual en Colombia, con la necesidad de unirnos en busca de mejorar y dignificar nuestro espacio laboral, inicialmente evidenciando y confrontando comportamientos de acoso laboral y sexual en nuestro medio”, anuncia en su página de Facebook–, pues es ese llamado a hacer efectivas las ideas de la igualdad, la equidad y la dignidad el llamado que tendría que escuchar esta democracia.

De cierto modo, se está pidiendo, simplemente, que se cumpla la promesa de la ley: no se está exigiendo un mundo en el que por fin teman los hombres, sino una sociedad en la que no sean tolerados los delincuentes, los violadores, los abusadores del poder que durante tanto tiempo han ejercido su perversidad amparados en la excusa de la costumbre, en el subterfugio de que así ha sido siempre y así es. Se está invitando a revisar las maneras como cada quien puede estar contribuyendo –desde su discurso, desde su comportamiento, desde su simbolismo– a un clima que siga permitiendo la violencia contra la mujer.

Cierto es que la impunidad y la lentitud de la justicia han servido a demasiados para defender la idea retorcida de que la violencia machista sucede en la vida privada. Pero estamos en mora de una reeducación que erradique la idea del sometimiento como demostración de poder, como único modo de darse un lugar entre las desigualdades.

Si la igualdad no es un hecho, si la cultura sigue resignándose a los sometimientos y si la mujer sigue sintiéndose negada, asediada y violentada tanto adentro como afuera, difícilmente tendremos una democracia sólida.


EDITORIAL
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