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Antonio Caballero

Antonio Caballero

Deja un mundo para leer. Pero es lo justo dejar constancia de la falta que va a hacer su voz.

Deja sin habla la noticia de la muerte de Antonio Caballero. Desde que empezó a dibujar y a escribir, en los sesenta, fue reconocido por sus colegas y por sus lectores como una de las voces más cuerdas, más irreverentes, de las letras colombianas de todos los tiempos. Fue claro, siempre, que tenía una prosa prodigiosa y temible que no solo conseguía que sus denuncias llegaran más y más lejos, sino que quienes no estuvieran de acuerdo con sus opiniones tuvieran que resignarse a admirarlo por su innegable talento, por su irrefutable coherencia.

Parte de una saga bogotana de mentes brillantes, hijo del novelista Eduardo Caballero Calderón, sobrino del escritor satírico Lucas Caballero Calderón, hermano del pintor Luis Caballero Holguín y de la dramaturga Beatriz Caballero Holguín, y padre de la antropóloga Isabel Caballero Samper, desde muy joven pintó y escribió lo que le pasara por delante: fue caricaturista, poeta, ensayista, reportero, cronista taurino, novelista e historiador, y en todos los géneros fueron evidentes su destreza y su capacidad de ilustrar las cuestiones del presente con las escenas del pasado, pero sobre todo logró algo que no suele ser fácil de lograr: columnas de opinión que no tienen una línea de efímeras.

Caballero, que murió en su Bogotá a los 76 años, trabajó como periodista en EL TIEMPO, en la revista Alternativa, en Cambio 16, en Semana y en el portal Los Danieles, sin perder por el camino –seis décadas, ni más ni menos– el espíritu crítico, la conciencia social ni la indignación ante las injusticias: jamás se censuró. En un idioma riguroso, se inventó libros muy bellos sobre arte, sobre cocina, sobre toros. De paso escribió una de las novelas más importantes de nuestra literatura: Sin remedio. Y en estos últimos años, saboteado por una salud frágil, una arriesgada Historia de Colombia y sus oligarquías que le ha hecho muy bien a esta sociedad que anda preguntándose por la verdad.

Deja un mundo para leer. Pero es lo justo dejar constancia de la falta que va a hacer su voz.

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