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Amenaza real

Amenaza real

El virus del Ébola lanza señales de que tiene la capacidad de salir del continente africano.

Cuando esté de por medio la salud colectiva, toda medida jamás será excesiva, y menos si esta se enmarca en el contexto de una realidad ceñida a justas proporciones.

En ese sentido, el virus del Ébola hace rato dejó de estar agazapado en la profundidad de la lejana África para lanzar señales de que tiene la capacidad de saltar de ese continente al menor descuido.

Y es que en esta oportunidad, junto con la violencia que afecta la zona de la República Democrática del Congo, por donde se ha propagado, el virus ha generado una combinación en exceso peligrosa.

No es hablar en falso, porque los más de 1.600 muertos que ha dejado este mal en un año y su presencia en ciudades grandes lejanas de las aldeas donde se concentraba el foco motivaron a que esta semana, por quinta vez en la historia, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declarara la emergencia sanitaria internacional, mecanismo que pone en alerta máxima a todos los países.

Una mirada a la salud en zonas fronterizas basta para confirmar la vulnerabilidad del país. No esperar a que ocurra otro brote para actuar sería señal de responsabilidad

Se trata de una situación frente a la cual no se puede pasar por alto porque convoca sin distingos a todos los sistemas sanitarios del mundo no solo a encender las alarmas, sino a generar acciones efectivas para prevenir el ataque de esta enfermedad sin cura ni vacunas efectivas aún.

El problema es que esto suena retórico en razón de que muchos toman esta amenaza como recomendaciones insulsas, al punto de afirmar que hay preocupaciones más serias y prioritarias.

Quienes así lo sostienen quizás olvidaron que hace cinco años, en el mayor brote desde que se conoció el ébola, en la década de los 70, con más de 11.000 muertos, el mal trajo a la realidad el imaginario cinematográfico de una pandemia capaz de arrasar la humanidad, tal como lo hicieron la peste en la Edad Media o la gripe española a comienzos del siglo XX.

Tanto que, en su momento, en Colombia se alcanzaron a registrar tres casos sospechosos y se forzó la construcción de un protocolo específico con responsables definidos y recursos concretos para desplegar ante una eventual llegada del mortal visitante.

Y, aunque lo lógico es desempolvar y actualizar estas medidas para ponerlas a tono con las alertas encendidas por la OMS, lo cierto es que estas deben involucrarse como parte integral de todos los niveles del sistema de salud, sin dejar de lado la imperiosa educación a la comunidad, que de una vez por todas tiene que empezar a familiarizarse con este tipo de enemigos.

Debe reconocerse que algunas entidades, como el Ministerio de Salud, el Instituto Nacional de Salud y un puñado de secretarías, han cumplido la tarea de ubicar este asunto como una prioridad en sus agendas, lo cual contrasta con la desidia y el abandono que frente a cuestiones de salud pública se evidencian en la mayoría de los entes territoriales.

Una mirada a la salud en las zonas fronterizas (puntos por donde puede ingresar el virus) es suficiente para confirmar la vulnerabilidad del país ante esta y otras enfermedades.

No esperar a que ocurra otro brote para actuar sería señal de responsabilidad.

editorial@eltiempo.com

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