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A qué juegan en Caracas

A qué juegan en Caracas

Con Maduro poniendo en jaque a una oposición dividida, la transición democrática se ve lejana.

Un ajedrez de no muy positivas consecuencias se está disputando en las entrañas de la oposición venezolana, dejando sobre el tablero algo que era un secreto a gritos: los líderes antichavistas no logran ponerse de acuerdo en la ruta para enfrentar al régimen de Nicolás Maduro, que, sin participar en esta partida, hace tiempo los puso en jaque.

La cercanía de las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre develó el juego de las cabezas opositoras tras el indudable golpe en la mesa que significó el indulto de más de 100 dirigentes opositores y la liberación de otros muchos conseguida por el dos veces candidato presidencial Henrique Capriles, que llevaba meses en un calculado ostracismo. ¿A cambio de qué?

Para el resto de opositores, Capriles está jugando la partida de Maduro, que está urgido de un reconocimiento internacional de las legislativas, pues ya supone que el triunfo lo tiene en el bolsillo. No tanto por las fracturas opositoras, sino porque ya montó un árbitro electoral a su medida y ya secuestró a los principales partidos adversos al intervenir sus directivas.

La cercanía de las elecciones parlamentarias develó el juego de las cabezas opositoras tras
el indulto de más de 100
dirigentes.

Pero, por otro lado, y contra la posición mayoritaria, Capriles asume que la oposición no puede cometer el error de 2005, cuando no participó en las legislativas y con su ausencia allanó el camino a la profundización de la revolución bolivariana; se ubica de nuevo como actor insoslayable de la vida política y se perfila para una eventual candidatura presidencial en el lejano 2024, pasando antes por las regionales del 2022. Eso si el régimen le levanta la inhabilidad.

Una apuesta muy audaz que desafía el liderazgo de Guaidó, que –hay que decirlo– luce atascado en su fórmula de insistir en la ilegitimidad del mandato de Maduro.

Es un escenario que, además, deja clara la magnitud de los desencuentros entre Leopoldo López, como cerebro tras Guaidó, y el exgobernador del estado Miranda.

Tras 17 meses de gobierno interino, Guaidó ha tenido logros indudables como el reconocimiento de más de una cincuentena de países, arrebatarle a la dictadura activos y cuentas internacionales, el regreso de parte del oro y las duras sanciones a la cúpula chavista, entre otros, pero no avanza en tener un poder real más allá de las instituciones paralelas que impulsó. “Gobierno de internet”, lo descalificó Capriles.

Y ahora trasciende una propuesta suya, bastante gaseosa, de convocar una consulta popular, rechazada de plano por el ala más extrema de la oposición, encabezada por María Corina Machado, que sigue con su arrebato de pretender que el fin de Maduro se dé por la vía de la intervención extranjera, así se lleve a Colombia por delante.
Todo justificado en el falso y poco sensato dilema de que si no se hace nada, Colombia va a acabar convertida en una nueva Venezuela.

Obvio, la líder de Vente se cuida de usar la palabra ‘invasión’ y prefiere eufemísticamente “operación de paz y estabilización”.

De fondo, el problema para Guaidó es que si la oposición pierde la presidencia del Parlamento, ¿cómo justifica constitucionalmente su designación de presidente encargado?

La transición democrática en Venezuela se ve cada vez más cara y más lejana.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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