30 años de una revolución

30 años de una revolución

La caída del muro de Berlín es, quizás, el hito más representativo de las últimas décadas.

Por: EDITORIAL
08 de noviembre 2019 , 07:27 p.m.

Hoy hace treinta años cayó el muro de Berlín, y con él, como símbolo, todo el andamiaje político y económico del sistema socialista que había imperado en la Europa oriental desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Así, a pedazos, se levantaba para siempre esa famosa Cortina de Hierro de la que habló Winston Churchill en 1946 para referirse a la manera como la Unión Soviética se había adueñado de los países del Este.

La caída del muro de Berlín fue además la primera revolución que el mundo pudo ver en vivo y en directo, a todo color, por la televisión, y las escenas de esos días de júbilo aún reverberan entre quienes las vieron desde todos los rincones del planeta y, por supuesto, y sobre todo, entre aquellos que las vivieron sin poder casi creerlo: los miles de berlineses a lado y lado del Muro que salieron a la calle para tumbarlo por fin.

Hoy, ese es un hecho cumplido; un hito de la historia reciente de la humanidad, quizás el más importante y representativo de las últimas décadas. Y por eso se nos olvida que en su momento parecía casi imposible que algo así ocurriera; la idea arrogante de los líderes de la Alemania Oriental, que en enero de 1989 habían prometido que el Muro duraría 100 años más, parecía tan firme como sus estructuras policivas y de represión.

Un muro que no debe levantarse nunca más, en ninguna parte. Para recordar eso también sirve esta celebración

Pero esa es otra de las grandes lecciones de ese momento histórico que hoy se conmemora: la de la forma como un pueblo hastiado y valiente puede rebelarse, llegado el día, contra el régimen que lo somete y lo envilece. Pueden pasar años, sí, y en el caso del muro de Berlín no fueron pocos, 28, desde 1961 hasta 1989. Pero cuando la copa se llena, siempre queda demostrado que las sociedades son superiores a los malos gobiernos.

La caída del Muro, sin embargo, no sucedió en un día. Todo lo contrario, pues el proceso de desgaste y de transformación histórica de los países del este de Europa, cuya frontera limítrofe con Occidente era precisamente la República Democrática Alemana (RDA), la Alemania Oriental, fue lento y progresivo. Y el modelo socialista y soviético, que llegó a tener tanto poder y tanta fuerza, hacía agua para 1989.

Quizás no fuera algo tan evidente, pero los signos de esa disolución estaban ya dados. En junio de 1988, Mijaíl Gorbachov había dicho, en la XIX Conferencia del Partido Comunista de la Unión Soviética, que la perestroika y la glásnost no tenían marcha atrás: la reforma económica y la apertura política del sistema eran irreversibles, aunque en realidad fueron también medidas paliativas que no impidieron su debacle.

Mientras tanto, los pueblos se levantaban. Las fronteras, antes clausuradas e infranqueables, ahora quedaban abiertas, y por ellas pasaban quienes buscaban la libertad. La última carga ocurrió el 9 de noviembre en Berlín, aquella tarde cuando su gente tumbó el Muro y salió a encontrarse consigo misma. Por fin.

Un muro que no debe levantarse nunca más, en ninguna parte. Para recordar eso también sirve esta celebración.

editorial@eltiempo.com

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