Uribe por cárcel

Uribe por cárcel

¿Cómo es posible que sigamos atados a la cárcel del pensamiento en la que Uribe funge de cancerbero?

10 de agosto 2020 , 12:58 a. m.

En el fondo, no hay nada sobre las actuaciones de Álvaro Uribe que no se haya intentado denunciar, negar, silenciar, justificar, magnificar o ignorar, depende del bando en el que se ubique –o sea ubicado, aun a su pesar– cada ciudadano, cada partido, cada medio de comunicación y cada mensaje en este país. Por lo menos dos décadas de nuestra vida política y social (y lo social incluye, por supuesto, la vida familiar, los amigos y el trabajo) han sido atizadas con discusiones alrededor de la figura del gobernador, expresidente, senador... o “Dios”, según se supo que alguien lo había nominado en una cárcel.

Si se pudiera mostrar con algoritmos las veces que un colombiano ha tenido entre ceja y ceja o ha pronunciado, invocado (o vociferado) el nombre de Uribe para romper una amistad, para engancharse en una pelea familiar, para estigmatizar, para tomar decisiones políticas, como elegir y ser elegido, y otras muchas que han tenido innumerables costos, quizás nos daríamos cuenta de nuestro nivel de perturbación.

¿Cómo es posible que sigamos enganchados en esa dicotomía entre “los que están” y “los que creen” en el caudillo, y en su versión de “Patria” y los que intentan salirse –sin éxito– de esa cárcel del pensamiento en la que Uribe funge de cancerbero? ¿Cuántas maneras de pensar, de argumentar, de ejercer ciudadanías críticas y creativas, de hacer control político, de hacer propuestas y de asumir, con matices, la complejidad de los problemas nacionales hemos perdido por vivir presos en esa codependencia?

Si bien la irascibilidad de Uribe es considerada un rasgo de carácter de sus seguidores y su obsesión por el control (personal, territorial, nacional) se nos ha vuelto casi “familiar”, leer ese “patrón de sistematicidad en sus acciones repetitivas”, según palabras textuales tomadas del auto de la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia, y seguir la argumentación que lleva a los magistrados a aseverar que “lo que se aprecia es la persistencia en el abordaje, presión y ofrecimientos indebidos o ilegales hacia los potenciales testigos”, suscita un estremecimiento. “El senador Uribe asume, probablemente de manera antijurídica, un rol fundamental, trascendente y muy activo para conseguir testigos a su favor”, se lee al comienzo de la ponencia de 1.500 páginas, y ahí se va leyendo también, entre líneas, una parte de la historia silenciada del país: eso que sucede en las cárceles y en las grandes extensiones territoriales, al parecer, tan lejos de nuestra vida cotidiana.

Tan lejos y tan cerca, en realidad. Esos penalistas que buscan testigos en las cárceles, con sus maletines llenos de secretos y sus relojes que se autograban, nos muestran cómo se ha configurado un nuevo ‘jet set’ de los que hacen ciertos encargos. Y, al lado de su obsecuencia y su servilismo para hacer vueltas, se hacen visibles no solo los mismos nexos de siempre con el paramilitarismo, sino también una de las mayores debilidades institucionales que amenazan a los medios de comunicación, pero también a sus audiencias: la división de periodistas entre ‘bandidos’ o ‘amigos’. De eso sí que nos falta hablar en estos medios.

El entramado que se revela en la ponencia de la Corte muestra que hay (presuntamente: siempre se necesita esa palabra) una estrategia jurídica y mediática, y una especie de diseño institucional en el que muchos se han movido como fichas, sin advertir lo que está en juego, que es la vida y la muerte de tantos colombianos. Lo que sorprende –o quizás no– es la responsabilidad individual que se le atribuye al líder y que merece ser investigada como una forma de empezar a entender, y de asumir el control de los engranajes de esta cárcel mental en la que estamos confinados.

YOLANDA REYES

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