Tenemos que hablar de Jhonnier

Tenemos que hablar de Jhonnier

Tenemos que hablar de educación para debatir en serio sobre la escuela en la que nos hemos formado.

22 de septiembre 2019 , 10:50 p.m.

Tenemos que hablar de educación, más allá del debate electoral de estas fechas, para debatir en serio sobre la escuela en la que nos hemos formado, y ha formado a este país. Tenemos que superar el falso dilema entre cobertura y calidad y dejar de conformarnos con muletillas como la jornada única y las clases de inglés e informática, en las que todos parecemos estar sospechosa y superficialmente de acuerdo.

Tenemos que dejarnos conmover e interpelar por hechos dolorosos como el suicidio de Jhonnier Coronado, que enluta a la Universidad Javeriana (y es solo la punta del ‘iceberg’), y hablar del lugar que les damos en el discurso educativo a las conexiones entre la salud física y la salud mental. Tenemos que preocuparnos por las separaciones tajantes que hacemos entre la vida académica, la vida emocional y la vida social, y por la escasa relación que estamos fortaleciendo entre la educación y el ejercicio de la ciudadanía desde la infancia. Tenemos que preguntarnos desde qué curso aprendemos ese currículo oculto de clasificar por estrato a la gente y de convertir, incluso, una cualidad como ‘ser pilo’ en un marcador social del mismo mercado en el que se tasan los nombres, los apellidos, los colegios y los puntos cardinales en cada rincón del país.

En vez de creer en milagros o en una supuesta solidaridad –o en obras de caridad estudiantil–, tenemos que preguntarnos si el hecho de que tantas generaciones de colombianos hayan (hayamos) crecido en instituciones segregadas entre educación pública y privada se puede considerar ‘normal’, y si basta con mandar a unos cuantos pilos al final del ciclo educativo a ciertas universidades privadas, para que esa integración entre pares ocurra de manera espontánea, después de tantos años de haber aprendido lecciones contrarias. Tenemos que preguntarnos por el impacto que ha tenido en nosotros el haber crecido en un país roto en mitades, durante los años más fértiles, cuando habría sido posible inventar otras vidas, y tenemos también que dolernos por todos los niños y las familias que nos perdimos de conocer, unos y otros, en nuestra etapa escolar.

En un contexto tan conflictivo como el que vive Colombia, tenemos que recuperar el sentido de la educación como un hecho cultural y social que incide más que ningún otro en el ejercicio democrático, y tenemos que albergar discusiones que no se limiten a la infraestructura básica, al número de colegios o al horario de una jornada (aunque, por supuesto, se materialicen en esos asuntos que garantizan derechos). Justamente, un momento así de incierto hace imprescindible un debate a fondo sobre la educación que queremos, y por eso son tan preocupantes la pobreza conceptual en asuntos educativos y culturales y la repetición sin vergüenza de los mismos lugares comunes.

Tenemos que empezar por ventilar las relaciones tan complejas y mutables (y tan conflictivas, por supuesto) entre la escuela y la sociedad, y revisar desde la base ese mito fundacional de la inequidad que se aprende en la escuela colombiana. Si tantos estudiantes pilos se sienten discriminados por sus compañeros y excluidos de esa vida universitaria que va más allá de sentarse en un pupitre o de hacer trabajos en grupo, y que enseña a ser, a compartir la vida y a seguir aprendiendo juntos, no es suficiente crear jornadas de integración ni consejerías universitarias. A menos que reconozcamos el ‘apartheid’ que está en el fondo de nuestro sistema educativo desde la infancia y, en contravía de los eslóganes de los más educados, de las misiones de sabios y de los proyectos de distintos colores de cada gobierno, ha permanecido intacto, no será posible comenzar a cambiar el curso de este país.

YOLANDA REYES

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