‘So long, mister Whitaker’

‘So long, mister Whitaker’

Las frases espontáneas revelan mucho más sobre política exterior que las declaraciones más sesudas.

25 de agosto 2019 , 11:13 p.m.

“Tenemos los hechos del día a día, que son dos: Venezuela y narcóticos”, declaró a este diario, en su entrevista de despedida, Kevin Whitaker, el embajador saliente de Estados Unidos en Colombia. Aunque no es nada nuevo, su síntesis revela las etiquetas que definen los intereses gringos para el caso colombiano. “Después de 20 años del Plan Colombia, a mí me preguntan por qué hay igual número de hectáreas que en el pasado. Mis jefes en Estados Unidos necesitan una explicación”, añadió.

“Es difícil pensar en una política que haya fallado más definitivamente que la guerra contra las drogas de Estados Unidos, que ha costado trillones, ha destrozado decenas de millones de vidas, ha roto la estructura familiar y ha exacerbado las inequidades raciales”, afirmó recientemente el columnista Nicholas Kristoff en ‘The New York Times’, para referirse a un enfoque centrado en el tratamiento de las adicciones que se está experimentando en Seattle y podría inspirar un giro histórico en la política antidrogas. Quizás la explicación para ‘los jefes’ de Whitaker implicaría reconocer el fracaso de cincuenta años de política antidrogas y la imposibilidad de que ‘prenda’ algún cultivo alternativo en nuestras tierras, sin afrontar la magnitud de ese problema de salud pública estadounidense, pero todos sabemos que al gobierno Trump no le interesan este tipo de conversaciones.

Lo que me impresionó no fue esa parte ‘dura’, archiconocida y esperable hoy más que nunca, sino esa parte ‘blanda’, de estilo coloquial, que va al final y seguramente se usa en el lenguaje diplomático para cerrar con broche de oro una entrevista: eso de despedirse y dar las gracias, y decir algo bonito sobre el país donde concluye la misión. Con nuestras urbes tan caóticas, estamos acostumbrados a la exaltación de nuestros paisajes por los visitantes, y así empezó el elogio del embajador: “Estuve muy contento aquí con la belleza del paisaje, el calor humano de los colombianos, la solidaridad” (en fin, eternas frases hechas), pero fíjense en la anécdota que eligió para ilustrar nuestro talante: “Hace poco sucedió algo que me pareció muy colombiano. Yo uso motorizados, y uno de ellos, por alguna razón, se cayó estando en un semáforo. Esas motos son bien pesadas, y hubo como ocho personas que vinieron para ayudarlo. Lo hicieron sin pensar, simplemente para ayudar. La solidaridad de los colombianos es algo que me gusta mucho. Son muy queridos y me van a hacer mucha falta...”.

La naturalidad con la que el exembajador hace uso de esa expresión, “yo uso motorizados”, y la escena a la que recurre para describir lo que considera “muy colombiano” es una imagen elocuente del país que vio a través de la ventanilla de su camioneta blindada e ilustra la relación con la gente de una ciudad que percibió desde su caravana de seguridad. Y no hay que tener mucha imaginación para reconstruir la escena: el “motorizado” que se cae –y no sabemos si a él le pasó algo, pues el exembajador solo habla de lo pesada que es la moto–, y los colombianos que acuden “sin pensar” para ayudar a levantar el peso. A veces, las frases espontáneas revelan mucho más sobre política exterior que las declaraciones más sesudas.

Pero lo más revelador es que a los colombianos no nos suenen extrañas las palabras de Whitaker. Que estemos acostumbrados a vernos a través de las caravanas de seguridad de los llamados ‘personajes’ –y no solo extranjeros–, y que no parezca hacer ningún ruido mediático esa escena de guerra que inspira al embajador estadounidense para definir lo colombiano. “Ustedes saben que en mí tendrán un amigo y aliado para siempre”, promete en su entrevista. Y nosotros, “tan queridos”, fingimos que también quedamos encantados.

YOLANDA REYES

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