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Represión e inanición: nueva temporada

Represión e inanición: nueva temporada

Nadie esperaba eso de Duque porque nadie espera mucho de él y eso es lo que aterroriza al país.

03 de mayo 2021 , 12:04 a. m.

Si el presidente Duque hubiera retirado la reforma tributaria hace unas semanas, cuando tantos cabilderos y políticos se lo pidieron, o si hubiera entendido, como cualquiera entendía, las consecuencias del adefesio que estaba presentando, o si al menos hubiera negociado lo que hoy comenzará a regatear, no habría atizado esa hoguera que estaba ahí, con las brasas listas y ocultas por la pandemia, desde noviembre de 2019.

A estas alturas, sobre la sangre derramada y los jóvenes muertos, ya nadie duda –ni siquiera el presidente, a pesar de su tozudez– de lo que podría haber evitado un gesto político de acuse de recibo frente al dolor, la penuria y el pánico de este país que, según las estadísticas oficiales –que también podría haber repasado–, suma 21 millones de pobres. Era cuestión de vida o muerte, y no es exageración, como lo sabemos hoy, haber descifrado la desesperación detrás de esos números y haber sabido –para eso es el Presidente– que la energía de tantos jóvenes sin educación, ni trabajo ni futuro tenía que expresarse de alguna forma.

En circunstancias tan precarias, habría sido un gesto de humanidad reconocer el desacierto de elegir como objetivo para su búsqueda de recursos a la gente que sobrevive con menos de tres millones de pesos –suponiendo que en cada familia alguien conserve el trabajo–, y anunciar, en cambio, un plan de austeridad del Estado, con una estrategia para conseguir recursos y evitar la evasión en los sectores donde todos sabemos, sin ser presidentes, que hay que poner el foco. Habría podido sentirse aliviado de haber desmontado a tiempo esos impuestos absurdos sobre la luz, el internet, el trabajo de los que leen y escriben, e incluso sobre la muerte. Para eso se gobierna, especialmente en tiempos inciertos: para tomar decisiones, pero también para saber cuándo es el momento de modificarlas.

Sin embargo, si vamos a sincerarnos, nadie esperaba esos gestos de Duque, porque nadie espera mucho (o nada) de él, y eso es lo que aterroriza al país: esa inseguridad y ese miedo que lee en un presidente que gobierna en cuerpo ajeno, y esa sensación de desprotección que suscita estar a merced de un líder asustado en un país irascible. Aunque se vuelva un dictador, o un títere del dictador que es su jefe, y que ya vimos que está detrás, mirando el desorden que justifica su exigencia de mano dura, es la falta de sentido de oportunidad para entender lo que sus actos de gobierno desencadenan la que nos pone en peligro.

Detrás de este presidente que, frente a la constatación de su propia inseguridad y de su falta de autoridad, asume posturas inflexibles y se niega a entender a tiempo la inminencia de una catástrofe, sabemos qué tipo de autoridad se presenta como alternativa, y eso fue lo que mostró la alocución presidencial del sábado pasado, cuando Duque apareció escoltado por la presencia militar para dar apariencia de control –eso creía– a su falta de liderazgo.

Su decisión de responder con la figura de asistencia militar, para reprimir a los que piden asistencia humanitaria, es la próxima escena del Gobierno, y quizás él pudiera pensar, después de lo que acaba de suceder, que podría desmontarla hoy mismo y oír al país, antes de que se le vuelva a hacer tarde. Pero no: seamos sinceros, ya nadie espera velocidad de reacción del Presidente.

En el otro extremo, con una escenografía de caballos –cuadro de caballos y estatuas ecuestres, para que no quede duda–, el jefe del Presidente les recordaba a los de Twitter la importancia de la autoridad, según él la entiende. Su voz meliflua dando consejos a esos muchachos contrastaba con la voz del Presidente, sin un asomo de duda, como uno de esos robots programados por otros para parecer humanos.

YOLANDA REYES

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