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Nuestros ojos de la cara

Nuestros ojos de la cara

Ningún diálogo avanzará si el Gobierno sigue atrapado en ese círculo de respuestas mecánicas.

16 de mayo 2021 , 10:03 p. m.

Son jóvenes y son un grupo, que es más que una suma de individuos, y transforman ‘Los Héroes’ en multitud. Ese monumento –encargado por Laureano Gómez a un arquitecto fascista afecto a Mussolini y proyectado como una torre de 57 metros para rendir homenaje a los soldados colombianos combatientes en la guerra de Corea, en la “lucha anticomunista”– terminó convertido, como suele suceder con todo aquí, en ese bloque anodino inaugurado por Rojas Pinilla. Pero esa es otra historia. O no: en el fondo, es la misma historia.

En el monumento, transformado, como las calles de nuestras ciudades en ágoras, hay una imagen de la joven de Popayán que (supuestamente) se suicidó después de haber sido (supuestamente) víctima de abuso sexual por parte de la fuerza pública.

Produce escalofrío ver la pintura de esa joven, que hace una semana estaba viva, presidiendo una multitud nunca vista en esas calles, cuyo mensaje es imposible de ignorar. Reclaman justicia por esos jóvenes asesinados, heridos, desaparecidos y víctimas de abuso que se han documentado en Cali, Pereira, Ibagué, Neiva, Tunja, Palmira, Buga, Jamundí y tantos lugares del país. La ONG Temblores registra más de dos mil casos de violencia policial y más de mil detenciones ilegales. Sus cuentas suman 39 homicidios, 30 víctimas de agresiones oculares y 16 violaciones.

Es desgarrador que el Presidente no les haya quitado la “presunción” a esos actos de la fuerza pública para llamarlos por sus nombres. “Lo único que nos queda son las calles”, afirman esos jóvenes, para quienes la negación de lo público está en el centro de su historia, y en la de sus padres y sus tatarabuelos. Muchos no tienen nada que perder (¡salvo la vida o un ojo de la cara!). “Puede ser que mucha gente que hoy marcha no tenga del todo claro qué quiere, pero todos los que hoy estamos en las calles sí tenemos claro qué no queremos… Esta generación está en las calles porque nos estamos encontrando con un país que no queremos y tampoco vamos a esperar cincuenta años para tenerlo”, ha expresado, con una contundencia admirable, el joven politólogo antioqueño Santiago Murillo Arrubla.

La marcha del sábado 15 en Los Héroes fue sobrecogedora, multitudinaria y pacífica, pero casi a medianoche se repitieron el incendio, el vandalismo y la represión de cada marcha. Así se desdibujó la contundencia de la protesta ciudadana y se justificó la entrada en escena del Esmad, con sus armas antidisturbios convertidas en armas mortales, y con el mandato de ser un solo cuerpo y considerar a todos los ciudadanos como otro cuerpo enemigo, y reducido al rótulo de vándalos.

“La oscuridad engendra la violencia / y la violencia pide oscuridad /”, recuerda la poeta Rosario Castellanos en su ‘Memorial de Tlatelolco’ (que parece escrito hoy). “Y a esa luz, breve y lívida, quién? ¿Quién es el que mata”… ¿Quién, quiénes? Nadie. Al día siguiente, nadie”. Aquí también, mientras la multitud marchaba en Los Héroes y en tantos lugares, seguía el banquete. El Presidente y los políticos de la oposición salieron en fotos de un almuerzo, “y los periódicos dieron como noticia principal el estado del tiempo”, releo a Castellanos.

Ningún diálogo avanzará si el Gobierno sigue atrapado en ese círculo de respuestas mecánicas, sin entender la diferencia entre enfrentar una guerra y afrontar esta impresionante protesta nacional. Para decirlo con las palabras de Murillo, la democracia ya no está en el Palacio de Nariño ni en el Congreso, sino en las calles. Yo añadiría que lo mejor y lo peor de Colombia, con sus agentes y su inequidad y sus conflictos no resueltos, y sus prejuicios, está en las calles. La solución es política, en un sentido amplio.

Esa es la discusión.

YOLANDA REYES

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