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Nuestro capital simbólico

Nuestro capital simbólico

El retroceso de la educación es tan dramático que se ha transformado en resignación e indiferencia.

17 de octubre 2021 , 10:27 p. m.

Hace ocho años la educación fue una palabra frecuente en la campaña presidencial. ¿Recuerdan el eslogan de ‘Colombia, la más educada’ en las propuestas para la reelección de Santos, o aquel comercial de la “mujer de las naranjas” en el que una señora indignada por la inequidad educativa cifraba sus esperanzas en el candidato del Centro Democrático? Aunque entonces todo se redujo a promesas incumplidas sobre el aumento de la jornada escolar, hoy el retroceso de la educación es tan dramático que se ha transformado en resignación e indiferencia, y ya ni siquiera parece como tema de campaña.

Como lo señaló el investigador Fernando Reimers, en una entrevista para ‘El Espectador’, “estamos a las puertas de la mayor calamidad educativa en la historia de la humanidad desde que existe la escuela pública, y eso significa que en muchísimos países hay un riesgo real de retroceder diez o veinte años”. Según Reimers, América Latina está en peligro de repetir la “década perdida” de los 80, cuando los ajustes económicos obligaron a disminuir la inversión educativa, ¡y los efectos hoy siguen a la vista de todos!

Si a nadie le resulta difícil imaginar lo que podría significar para un niño o una niña de su familia perder diez años de estímulo y aprendizaje en el momento crucial para su desarrollo –por ejemplo, entre los cero y los diez años–, proyectar esa pérdida a la infancia de todo un país resulta aterrador. ¿Qué significa desperdiciar esos años sin escuela, o en una escuela de mala calidad, para ese 22 por ciento de la población colombiana que está entre los cero y los 14 años? ¿Cuántos rezagos e inequidades afrontarán los hijos de familias que no pueden pagar educación privada a lo largo de sus vidas? ¿Quién responde por el costo que tiene desatender el talento de casi una cuarta parte de sus ciudadanos?

La situación de Colombia en estos años de pandemia, de la que hasta ahora empezamos a conocer cifras, anticipa la catástrofe para el resto del siglo. Un estudio del Laboratorio de Economía de Educación de la Universidad Javeriana muestra que, en 2020, 22.000 niños colombianos dejaron de recibir educación preescolar y que 74.000 menos que en 2019 recibieron atención integral en el programa ‘De cero a siempre’. Esa conciencia creciente sobre la educación inicial como herramienta para cambiar el curso de la vida y, por consiguiente, para cambiar el curso del desarrollo del país, hoy está desdibujada. No solo hemos retrocedido en las cifras, sino en la comprensión de lo que nos estamos jugando con ese retroceso.

Si uno de los hallazgos de este milenio es la constatación de la plasticidad cerebral durante la infancia, y si está claro que a los tres años ya hay una brecha entre los niños que reciben educación inicial y los que no, la desigualdad educativa que discrimina para siempre a un niño es una injusticia imperdonable, pues le roba la capacidad para construir un capital simbólico que parece tan natural como una segunda piel cuando se tiene, pero cuya carencia es muy difícil de subsanar, cuando no se recibe.

Al saber que el desarrollo y el aprendizaje no dependen de un potencial individual innato y misterioso, sino de una intervención a la que todos los niños tienen derecho por mandato constitucional, debatir seriamente las propuestas educativas de cada candidato es un imperativo ético y político, tanto para los aspirantes a la presidencia como para los electores.

Más allá de la propaganda, es tiempo de exigir propuestas técnicas que consideren la inversión educativa como un pilar, no de campaña, sino de la nación. Estamos hablando de capital simbólico: del costo social y económico que pagamos, y pagaremos todos, por no tomar en serio la deuda con la infancia.

YOLANDA REYES

(Lea todas las columnas de Yolanda Reyes en EL TIEMPO, aquí).

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