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Libros pintados para decorar vitrinas

Libros pintados para decorar vitrinas

Se nos revela una estrategia deliberada, no caben los sospechosos y desobedientes escritores.

19 de septiembre 2021 , 09:49 p. m.

Las fotos del pabellón de Colombia como país invitado a la Feria del Libro de Madrid me dieron ganas de llorar. Ver esos libros pintados en las paredes de cartón, al estilo de las viejas escenografías para telenovelas, o encerrados en vitrinas y adornados con mochilas y artesanías, era descorazonador pero también revelador. Aquella frase hecha según la cual una imagen vale más que mil palabras cobraba contundencia frente a lo que decían esos ejemplares petrificados e inaccesibles puestos en urnas como un decorado para vender productos “exóticos”, y quizás considerados más “rentables”.

Después de tantos años intentando sacar de vitrinas parecidas las dotaciones de tantos planes de lectura, cuyos ejemplares se han quedado muchas veces encerrados bajo llave en despachos de mandos medios a lo largo del país, con la supuesta buena intención de evitar deterioros o pérdidas (y, de evitar que sean tocados por lectores), la decoración de Colombia era más elocuente que todo el ruido mediático suscitado por las exclusiones denunciadas, e ilustraba un retroceso que todos hemos percibido. Está basado en una idea que se va abriendo camino, sin decirse de forma explícita, sobre los libros y la cultura escrita –y los escritores, por supuesto– como algo desprovisto de valor y, por lo tanto, prescindible.

No hay que hilar muy fino para descubrir que ese hilo conductor se entrevera con otra percepción sobre la cultura escrita como un trabajo incómodo, hecho por personas destructivas y poco “positivistas” (sic), que es fuente de malentendidos y ‘fake news’. En la entrevista que dio para la Agencia EFE en la Casa de América de Madrid, el presidente Duque se autorrefirió a su “gran capacidad autocrítica y de reflexión constante”, y dijo que su trabajo era enfrentar esa “otra pandemia de la posverdad” con sus prejuicios inducidos y sus algoritmos que, según su percepción, impedían ver sus obras. Tan revelador como esos libros en vitrinas fue su parlamento –ingenuo o cínico– sobre este país que, narrado por él, parece un teatro de guiñol en el que se escenifican los anuncios oficiales y las siempre ‘good news’ de su gobierno.

En esa puesta en escena que ya se nos revela, no como una chapucería ingenua sino como una estrategia deliberada, no caben los sospechosos y desobedientes escritores. Y en este punto es importante precisar que quienes piensan, comparten y debaten sus ideas a través de la cultura escrita no se reducen a los pocos autores de novelas que han copado los titulares de las noticias sobre la Feria del Libro de Madrid sino a tantos ciudadanos que leen a este país y que intentan someterlo a múltiples interpretaciones y escrituras, en distintos formatos, géneros, profesiones y edades. Esos lectores y escritores que no se creen las verdades oficiales han sido objeto de exclusiones, veladas o explícitas, más allá de esa feria del libro, que ojalá sea la última manejada por el Gobierno.

Es hora de juntar los hilos para entender el país que se va urdiendo. Es tiempo de conectar la diáspora de nuestros periodistas más valiosos –e incluso su dificultad para ganarse la vida ejerciendo sus oficios– como parte de una misma estrategia para negarles valor al pensamiento escrito y al poder de la interpretación, y reducir a Colombia a un parque temático para hacer negocios y pasar vacaciones. El escándalo de la Feria del Libro de Madrid es la punta del iceberg de una catástrofe simbólica que está poniendo en riesgo el disenso propio de la democracia, según lo manifestó un grupo de librerías independientes españolas en la carta que le escribió a Duque para que no osara aparecerse por esa feria.

A veces se puede ver mejor cuando se está más lejos.

YOLANDA REYES

(Lea todas las columnas de Yolanda Reyes en EL TIEMPO aquí).

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